EL CINE DE LOS AÑOS 40.
AL FIN SOLOS (1940)
REPARTO: FRED ASTAIRE, PAULETTE GODDARD, BURGESS MEREDITH, ARTIE SHAW, JIMMY CONLIN, CHARLES BUTTERWORTH, FRANK MELTON, DON BRODIE, MARJORIE KANE, JOAN BARCLAY, MARY STEWART
DIRECTOR: H. C. POTTER
MÚSICA: ARTIE SHAW
PRODUCTORA: PARAMOUNT PICTURES
DURACIÓN: 84 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Pocas estrellas en la historia del cine han poseído la capacidad de transformar un simple desplazamiento por una habitación en un espectáculo. Fred Astaire era uno de esos intérpretes irrepetibles capaces de desafiar la gravedad con una elegancia insultante, y Al fin solos (You'll Never Get Rich, según su título original en inglés) es una prueba más de ese talento que parecía convertir cada paso en una nota musical.Estrenada en 1940, la película llega en un momento de transición dentro de la carrera de Astaire. Tras años de formar una de las parejas más legendarias de Hollywood junto a Ginger Rogers, el actor comenzaba a explorar nuevas asociaciones artísticas. En esta ocasión comparte protagonismo con Paulette Goddard, y el encuentro entre ambos genera una química distinta, menos refinada quizá que la de las grandes colaboraciones anteriores del bailarín, pero igualmente atractiva y llena de energía.
La trama, una clásica comedia de enredos románticos, gira alrededor de un coreógrafo atrapado en una cadena de malentendidos sentimentales y situaciones absurdas que amenazan con arruinar tanto su carrera como su vida amorosa. Como ocurre en muchas producciones musicales de la época, el argumento sirve principalmente como vehículo para conducir al espectador de un número musical a otro. Sin embargo, la película logra que esos pasajes narrativos mantengan un ritmo ligero y agradable gracias a un sentido del humor desenfadado que nunca pierde el pulso.
Lo verdaderamente memorable aparece cuando la música toma el control. Cada secuencia musical está construida con una naturalidad que sigue resultando admirable décadas después. Astaire no baila para impresionar; parece hacerlo porque es la única manera posible de expresar lo que siente. Esa cualidad convierte sus interpretaciones en algo casi mágico. El espectador no contempla una coreografía perfectamente ejecutada, sino una conversación emocional desarrollada a través del movimiento.
Rita Hayworth aporta una presencia luminosa que equilibra la sofisticación de Astaire. Su carisma frente a la cámara es innegable y su evolución como bailarina resulta evidente a lo largo de la película. Juntos construyen escenas que desprenden una alegría contagiosa, una sensación de ligereza que define buena parte del mejor cine musical clásico.
También resulta fascinante observar el cuidado formal de la puesta en escena. La cámara respeta el trabajo de los bailarines, evitando el montaje frenético que décadas después se convertiría en norma. Los planos permiten contemplar el cuerpo completo, la precisión de los movimientos y la interacción entre los intérpretes. Es un cine que confía en el talento de sus artistas y no siente la necesidad de ocultarlo detrás de artificios visuales.
Vista hoy, Al fin solos conserva el encanto de una época en la que Hollywood fabricaba sueños con una aparente facilidad. Algunos elementos de la trama pueden parecer ingenuos para el público contemporáneo, pero la película posee una sinceridad tan irresistible que termina desarmando cualquier resistencia.
Más que una simple comedia musical, es una celebración del espectáculo, del ritmo y del placer de ver a dos estrellas brillando en pantalla. Y cuando Fred Astaire comienza a moverse, todo lo demás desaparece. Durante unos minutos, la lógica, las preocupaciones y el paso del tiempo quedan suspendidos en el aire, siguiendo el compás de unos pasos que aún hoy continúan pareciendo imposibles.


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