EL CINE DE LOS AÑOS 30.
EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA (1930)
REPARTO: CHARLES FARRELL, MARY DUNCAN, DAVID TORRENCE, EDITH YORKE, ANNE SHIRLEY, TOM McGUIRE, RICHARD ALEXANDER, PATRICK ROONEY
DIRECTOR: F. W. MURNAU
MÚSICA: ARTHUR KAY
PRODUCTORA: FOX FILM CORPORATION
DURACIÓN: 88 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
En City Girl, F. W. Murnau filma el choque entre dos mundos como si fuese una herida abierta que nunca termina de cerrarse. La ciudad y el campo, más que escenarios, se convierten en estados del alma: uno vibrante, casi irreal en su promesa; el otro áspero, implacable en su verdad. Y en medio de ese contraste, una historia de amor que parece condenada desde su origen.
El arranque posee una ligereza engañosa. La joven camarera y el campesino que llega a la ciudad se encuentran en un espacio de tránsito, donde todo parece posible. Murnau rueda esos primeros compases con una delicadeza casi etérea, dejando que las miradas hablen más que los gestos. Pero esa suavidad inicial pronto se resquebraja. Cuando la pareja se traslada al entorno rural, la película se transforma en otra cosa: un relato de tensiones soterradas, de silencios cargados y de miradas que pesan más que cualquier palabra.
Visualmente, City Girl es un prodigio de sensibilidad. Murnau, que ya había demostrado su genio en el cine mudo, encuentra aquí una especie de síntesis entre dos épocas. Aunque la película se rodó en los albores del sonoro, su esencia sigue siendo profundamente visual. Los campos de trigo, filmados con una mezcla de lirismo y crudeza, no son solo un decorado: son un espacio simbólico donde se dirimen conflictos emocionales y sociales. El viento que agita las espigas parece arrastrar consigo las tensiones entre los personajes, como si la naturaleza misma participara en el drama.
El núcleo de la película reside en el conflicto con la figura paterna, un hombre rígido, casi pétreo, que encarna una forma de entender el mundo basada en la desconfianza y la dureza. En ese contexto, la protagonista femenina se convierte en un cuerpo extraño, alguien que no pertenece a ese universo cerrado. Murnau construye así un retrato doloroso sobre la incomunicación, donde el amor no basta para derribar los muros invisibles que separan a los personajes.
A nivel narrativo, la película avanza con una cadencia que hoy puede parecer pausada, pero que responde a una lógica emocional muy precisa. Cada gesto, cada desplazamiento, cada silencio está cargado de significado. No se trata tanto de lo que ocurre como de lo que se siente en cada momento. Y en ese terreno, Murnau demuestra una maestría extraordinaria.
City Girl no es solo una historia de amor truncado, sino también una reflexión sobre la fragilidad de los sueños cuando chocan con la realidad. En su aparente sencillez se esconde una complejidad emocional que sigue resonando con fuerza. Es cine que respira, que observa, que duele. Y en esa herida, todavía abierta casi un siglo después, reside su grandeza.


Una obra maestra, una joya esta pelicula que debería ser una de las ultimas muestras de cine mudo. Un duro drama sobre la vida rural, sobre las personas, los perjuicios; en fin una pelicula que no le hacen falta las palabras porque las miradas hablan por si solas.
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