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EL CINE DE LOS AÑOS 30.
EL CÓDIGO CRIMINAL (1930)
REPARTO: WALTER HUSTON, PHILLIPS HOLMES, CONSTANCE CUMMINGS, MARY DORAN, BORIS KARLOFF, DeWITT JENNINGS, JOHN SHEEHAN, ETHEL WALES, CLARK MARSHALL
DIRECTOR: HOWARD HAWKS
MÚSICA: SAM PERRY
PRODUCTORA: COLUMBIA PICTURES
DURACIÓN: 96 min.
La película arranca con una tragedia impulsiva: un joven mata accidentalmente a un hombre y es condenado a prisión. Desde ese instante, el relato abandona cualquier comodidad narrativa para sumergirse en un universo regido por normas no escritas. El “código” del título no es la ley oficial, sino ese pacto de silencio entre presos que pesa más que cualquier reglamento. Delatar equivale a desaparecer moralmente. Y Hawks filma esa tensión con una sequedad admirable, evitando sentimentalismos fáciles.
Resulta fascinante observar cómo el director, incluso en una etapa todavía temprana de su carrera, ya exhibe muchas de las constantes que marcarían su cine. Los personajes viven definidos por su profesionalidad, por la manera en que afrontan situaciones extremas y por los vínculos que construyen bajo presión. Aquí no existen héroes impecables. El alcaide interpretado por Walter Huston posee humanidad, pero también dureza; comprende a los hombres que encierra, aunque jamás deja de representar la autoridad. Esa ambigüedad le da a la película una profundidad inesperada.
Visualmente, El código criminal desprende una atmósfera áspera, casi húmeda. Los pasillos parecen túneles sin salida y los patios de la cárcel transmiten una sensación constante de vigilancia. Hawks utiliza el sonido de forma sobria pero eficaz: puertas metálicas, pasos, murmullos, ecos lejanos… pequeños detalles que convierten la prisión en un organismo vivo que nunca duerme. La sensación de encierro termina impregnándolo todo.
Y luego está Boris Karloff. Antes de convertirse definitivamente en icono del terror, aparece aquí con una presencia inquietante y contenida. No necesita grandes explosiones dramáticas para intimidar; le basta una mirada cansada, una forma concreta de ocupar el espacio. Cada vez que entra en escena, la película adquiere un peso más oscuro.
Lo más interesante de la obra quizá sea su mirada profundamente humana. Hawks no juzga con facilidad a sus personajes. Observa cómo el sistema penitenciario aplasta, transforma y endurece a los hombres, pero también deja pequeños resquicios para la compasión y la dignidad. En ese equilibrio entre dureza y empatía reside gran parte de la fuerza del filme.
Vista hoy, El código criminal conserva una intensidad sorprendente. Puede que algunos elementos narrativos pertenezcan claramente a otra época, pero su conflicto central sigue latiendo con fuerza: qué ocurre con una persona cuando sobrevivir exige callar, obedecer y aceptar reglas que destruyen lentamente la conciencia. Hawks convierte esa pregunta en cine puro, seco y elegante, dejando una de las películas carcelarias más poderosas de los primeros años del sonoro.
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Una de los mejores dramas carcelarios de la historia, que denuncia el sistema penal con mucha crudeza. Entre los actores hay uno que roba todas las escenas donde aparece, Boris Karloff.
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