CUANDO SILVANA MANGANA INCENDIO EUROPA BAILANDO “EL NEGRO ZUMBON”
Antes de
convertirse en un icono respetado del cine europeo, Silvana Mangano
fue considerada poco menos que un terremoto moral. Y buena parte de
la culpa la tuvo Anna, melodrama italiano dirigido por Alberto
Lattuada que en 1951 provocó auténticos ataques de nervios entre
censores y sectores religiosos de distintos países europeos.
La
película narraba la historia de una monja que recordaba su pasado
antes de entrar en el convento. Ya solo esa idea resultaba
problemática para la época. Lo que verdaderamente encendió todas
las alarmas fue que aquellos recuerdos no aparecían asociados al
arrepentimiento ni a la culpa, sino a una vitalidad casi desafiante.
Y en el centro de todo estaba la célebre secuencia de El negro
zumbón.
La escena sigue teniendo una energía contagiosa.
Mangano aparece rodeada de bailarines mientras canta y baila con una
mezcla de descaro, simpatía y sensualidad completamente explosiva
para la moral conservadora de principios de los cincuenta. Lleva
pantalones cortos, una camiseta ajustada y se mueve con una
naturalidad que escandalizó a media Europa. No había nada
explícito, pero sí una celebración abierta del cuerpo y del deseo
femenino.
La censura reaccionó con dureza. En algunos
países la película fue prohibida directamente y en otros sufrió
importantes mutilaciones. El problema no era únicamente el baile.
También molestaba profundamente la idea de una mujer que había
conocido el placer, la noche y la libertad antes de convertirse en
religiosa sin mostrarse destruida moralmente por ello.
Silvana
Mangano poseía además una presencia física imposible de ignorar.
Su belleza terrenal chocaba frontalmente con la imagen femenina
recatada que pretendían imponer las autoridades morales de la época.
Cada gesto suyo parecía desafiar las normas sin necesidad de
pronunciar una sola palabra.
Con los años, aquella escena
terminó trascendiendo la propia película. El negro zumbón se
convirtió en un símbolo de la Italia de posguerra que empezaba a
desprenderse de ciertos corsés culturales y a abrazar una nueva
modernidad. Mientras los censores veían corrupción, el público
veía vida, música y libertad.
Y quizá por eso la
secuencia sigue resultando tan poderosa hoy: porque detrás de aquel
baile aparentemente inocente latía algo mucho más peligroso para su
tiempo. La posibilidad de que una mujer pudiera ser libre sin pedir
perdón por ello.

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