EL OJO CRITICO.
WORLDBREAKER (2025)
REPARTO: BILLIE BOULLET, MILLA JOVOVICH, LUKE EVANS, MEADOW WILLIAMS, MILA HARRIS, KEVIN GLYNN, CHRIS FINLAYSON, CHARIS AGBONLAHOR, LAURA DEE. STEVEN CALVERT, NATHAN WARD
DIRECTOR: BRAD ANDERSON
MÚSICA: MATTHEW ROGERS
PRODUCTORA: VOLTAGE PICTURES
DURACIÓN: 95 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
En un paisaje donde el apocalipsis ya no es una amenaza sino una certeza asumida, Worldbreaker se despliega como un estallido continuo de violencia y supervivencia. La película, protagonizada por Milla Jovovich y Luke Evans, abraza sin complejos su vocación de espectáculo desbordado, pero lo hace con una energía que, aunque irregular, logra sostener el pulso de la narración durante buena parte de su metraje.
Desde sus primeros compases, el film lanza al espectador a un mundo devastado donde la civilización ha colapsado bajo el peso de una amenaza global —difusa en sus detalles, pero contundente en sus consecuencias—. No se trata tanto de explicar el origen del desastre como de sumergirse en sus efectos: ciudades reducidas a esqueletos, horizontes cubiertos de ceniza y una humanidad que sobrevive a base de instinto. En ese contexto, Jovovich construye una heroína reconocible dentro de su trayectoria, pero no por ello menos eficaz. Su presencia física, siempre magnética, dota al personaje de una dureza casi mineral, mientras deja entrever grietas emocionales que humanizan el conjunto.
Luke Evans, por su parte, juega en un registro más contenido, casi crepuscular. Su personaje actúa como contrapunto, aportando una gravedad que equilibra el frenesí que domina la puesta en escena. Entre ambos se establece una dinámica que evita caer en lo puramente funcional, aunque el guion no siempre esté a la altura de sus intérpretes.
Visualmente, Worldbreaker apuesta por una estética abrasiva, dominada por tonos ocres y metálicos, donde cada explosión parece levantar capas de un mundo ya enterrado. La cámara rara vez se detiene: persigue, sacude, invade el espacio con una urgencia que, en ocasiones, roza la saturación. Esa insistencia en el movimiento constante juega a favor del impacto inmediato, pero también termina por diluir el peso de ciertos momentos que habrían agradecido una pausa, un respiro.
El mayor conflicto de la película reside precisamente en esa tensión entre espectáculo y significado. Cuando se detiene a observar a sus personajes, cuando permite que el silencio se cuele entre el estruendo, asoma una historia más interesante: la de individuos enfrentados no solo al fin del mundo, sino a lo que queda de sí mismos. Sin embargo, esas chispas de profundidad quedan a menudo sepultadas bajo una avalancha de acción que parece temer cualquier atisbo de quietud.
Aun con sus excesos, la película logra lo que se propone: envolver al espectador en una experiencia sensorial intensa, casi física. No redefine el género ni pretende hacerlo, pero sí encuentra momentos de autenticidad dentro del caos. Y en ese equilibrio inestable entre destrucción y emoción, Worldbreaker se convierte en un viaje irregular, pero indudablemente vivo, hacia un mundo que ya ha cruzado el punto de no retorno.


Otra peli abiertamente woke, donde se nos presenta un mundo donde la mujer no es el sexo débil, son guerreras, casi inmunes a las enfermedades; mientras los hombres ejercen lo que diríamos tareas domesticas y de educación, son propensos a las enfermedades y el parecer de las mujeres es que son malos. Por lo demás entretiene sin mas.
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