EL MOTIVO POR EL QUE DAVID LYNCH RECHAZO DIRIGIR "STAR WARS".
Hay encuentros que parecen escritos por el destino y, sin embargo, están condenados a no suceder. La historia del cine está llena de esos desvíos invisibles, de esas decisiones que cambian el rumbo de una filmografía o de toda una saga. Uno de los más fascinantes —y, a su manera, irreales— es el que habría unido a David Lynch con el universo de George Lucas.
La imagen resulta irresistible: un desierto que no pertenece del todo a Tatooine, una figura femenina moviéndose lentamente en la penumbra de una cantina, un silencio inquietante donde debería haber épica. Lynch no habría filmado Star Wars; la habría transformado en otra cosa, en un territorio de extrañeza y pulsión onírica. Pero esa película nunca existió. Y quizá por eso sigue creciendo en la imaginación de quienes la evocan.
A comienzos de los años ochenta, la saga galáctica ya se había consolidado como un fenómeno cultural sin precedentes. Star Wars: Episode IV – A New Hope y Star Wars: Episode V – The Empire Strikes Back habían demostrado que el cine comercial podía ser también un universo expansivo, mitológico, casi inagotable. Sin embargo, Lucas no quería dirigir la tercera entrega. Buscaba a alguien que tomara el relevo.
Y ahí apareció Lynch.
No era un nombre cualquiera. Con Eraserhead había firmado una de las obras más inquietantes del cine independiente, y con The Elephant Man había demostrado que su sensibilidad podía dialogar con un público más amplio sin perder su singularidad. Precisamente fue esta última la que llamó la atención de Lucas: ese final suspendido entre lo terrenal y lo cósmico parecía, en cierto modo, una puerta hacia las estrellas.
El encuentro entre ambos se produjo, pero lo que allí se gestó no fue una colaboración, sino una distancia. Lynch escuchó, observó, intentó conectar con ese universo de wookies, jedis y rebeliones galácticas… pero algo no encajaba. Él mismo lo contaría después con una mezcla de ironía y desconcierto: mientras Lucas describía criaturas y planetas, su dolor de cabeza iba en aumento.
No era solo una cuestión estética. Era, sobre todo, una cuestión de escala. Lynch desconfiaba de los grandes presupuestos, de la maquinaria industrial que convertía una película en un producto descomunal. Su cine nacía de lo íntimo, de lo perturbador, de lo que no siempre se puede explicar. Lucas, en cambio, ya orbitaba otra galaxia: la del espectáculo total, la del éxito masivo.
Finalmente, la dirección de Star Wars: Episode VI – Return of the Jedi recayó en Richard Marquand, y la saga siguió su curso tal como la conocemos. Lynch se apartó de ese camino… para adentrarse en otro no menos ambicioso, aunque sí más acorde a su imaginario: la adaptación de Dune.
Paradójicamente, aquella elección lo llevó a enfrentarse a una producción compleja, casi desbordada, que tampoco terminaría de pertenecerle del todo. Pero esa ya es otra historia.
Lo que queda, al final, es la huella de una posibilidad. Un cruce de caminos donde dos formas de entender el cine —la del mito popular y la del sueño inquietante— se miraron durante un instante antes de separarse. Y en ese breve momento, el cine fue también lo que no llegó a ser.

Pues menos mal ya que con lo que hizo con la que tenía que ser una saga galáctica como era Dune, a mi personalmente como que no, pero a pesar de que no me gustara demasiado, es mucho mejor que su remake y secuela.
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