EL CINE DE LOS AÑOS 70.
LA CASA DE LOS SIETE CADÁVERES (1974)
REPARTO: JOHN IRELAND, FAITH DOMERGUE, JOHN CARRADINE, CAROLE WELLS, CHARLES MACAULAY, JERRY STRICKLER, RON FOREMAN, DENNIS RECORD, MARTY HORNSTEIN, CHARLES BAIL, LUCY DOHENY, JO ANNE MOWER
DIRECTOR: PAUL HARRISON
MÚSICA: DOMINIC FRONTIERE
PRODUCTORA: TELEVISION CORPORATION OF AMERICA
DURACIÓN: 88 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
A medio camino entre el homenaje y la serie B más desprejuiciada, La casa de los siete cadáveres —también conocida como La maldición de los siete cadáveres— propone un juego de espejos entre cine y superstición que, pese a sus limitaciones, conserva un encanto irregular y curioso. Dirigida por Paul Harrison, la película se adentra en ese territorio tan propio de los años setenta donde el horror se mezcla con lo artesanal y lo ingenuo sin complejos.La premisa resulta sugerente: un equipo de rodaje se instala en una mansión cargada de historia para filmar una película de terror. Lo que comienza como una recreación pronto se ve contaminado por una amenaza que parece escapar al control del guion. Ese cruce entre ficción y realidad, tan explotado posteriormente, aquí aparece en una forma primitiva, casi torpe, pero no por ello carente de interés.
En el centro del relato encontramos a John Ireland, cuya presencia aporta una gravedad que la película necesita desesperadamente. Ireland interpreta a un director obsesivo, empeñado en capturar la autenticidad del miedo sin calibrar del todo las consecuencias. Su interpretación, contenida y algo cansada, parece pertenecer a una película distinta, más seria y consciente, lo que genera un contraste peculiar con el tono general del conjunto.
El gran reclamo del filme —y también su principal curiosidad histórica— es la presencia de metraje procedente de viejas producciones de Bela Lugosi, integrado aquí como si formara parte del relato. Lejos de resultar orgánica, esta decisión crea una sensación extraña, casi fantasmagórica, como si el pasado del cine de terror se filtrara literalmente en la película. Más que un recurso narrativo sólido, funciona como un eco, un recuerdo persistente de otra época.
La atmósfera intenta construirse a base de rituales, cadáveres que regresan y una amenaza difusa que nunca termina de concretarse del todo. Sin embargo, el desarrollo se resiente de un ritmo irregular y de una puesta en escena que, en ocasiones, parece improvisada. El miedo no llega a instalarse plenamente; lo que queda es más bien una sensación de extrañeza, como si la película estuviera siempre a punto de encontrar su tono pero se desviara en el último momento.
Aun así, sería injusto despacharla únicamente como un ejercicio fallido. En su imperfección hay algo genuino, casi entrañable. Ese intento de jugar con los límites entre lo real y lo ficticio, de invocar el espíritu de un terror clásico con recursos mínimos, le otorga una identidad propia dentro del cine de explotación de la época.
Vista hoy, La casa de los siete cadáveres se disfruta más como pieza de curiosidad que como experiencia realmente inquietante. No provoca escalofríos duraderos, pero sí despierta una cierta fascinación por su rareza, por su manera de dialogar con un pasado que nunca termina de enterrarse del todo. Como los propios cadáveres que promete su título, la película insiste en levantarse, aunque sea de forma torpe, para reclamar su pequeño rincón en la memoria del género.


Un flojo film de terror de zombies que incluso llega a provocar alguna carcajada por lo increiblemente demencial de la escena o escenas supuestamente nocturnas donde brilla la luz del día; lo mejor son sus dos estrellas masculinas, John Carradine y John Ireland. Un film que por momentos intenta rendir homenaje al Crepúsculo de los Dioses, salvando las diferencias. En fin, cine dentro del cine.
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