EL CINE DE LOS AÑOS 70.
HERBIE, UN VOLANTE LOCO (1974)
REPARTO: HELEN HAYES, KEN BERRY, STEFANIE POWES, JOHN McINTIRE, KEENAN WYNN, HUNTZ HALL, RAYMOND BAILEY, DAN TOBIN, ELAINE DEVRY, IVOR BARRY, VITO SCOTTI, LIAM DUNN, HANK JONES, DON PEDRO COLLEY
DIRECTOR: ROBERT STEVENSON
MÚSICA: GEORGE BRUNS
PRODUCTORA: WALT DISNEY
DURACIÓN: 88 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
En una época en la que el cine familiar todavía se permitía ser ingenuo sin pedir perdón, Herbie, un volante loco irrumpe como una pequeña fábula mecánica que, bajo su apariencia ligera, esconde una sorprendente calidez. Dirigida por Robert Stevenson, la película convierte a un simple Volkswagen Escarabajo en algo más que un vehículo: lo eleva a la categoría de personaje con voluntad propia, carácter travieso y una entrañable necesidad de ser querido.
Desde su primera aparición, Herbie no necesita palabras para expresarse. Su carrocería blanca, adornada con el icónico número 53, se convierte en un rostro sin ojos que, sin embargo, transmite emociones con una claridad casi humana. El coche no solo corre, también siente, se enfada, se ilusiona y, sobre todo, se rebela contra quienes lo subestiman. Esa es, en esencia, la clave del encanto de la película: su capacidad para otorgar humanidad a lo inanimado sin caer en el artificio excesivo.
El relato se articula alrededor de la relación entre Herbie y su conductor, un piloto algo torpe y desganado interpretado por Dean Jones. Entre ambos surge una conexión que va más allá de lo funcional, evolucionando hacia una amistad improbable pero sincera. La narrativa no busca grandes giros ni conflictos profundos; su terreno es otro, más cercano a la comedia ligera y al optimismo sin fisuras. Y, sin embargo, funciona precisamente por esa honestidad.
Las secuencias de carreras, lejos de apostar por la espectacularidad moderna, poseen un encanto artesanal que hoy resulta casi hipnótico. No hay artificios digitales, solo coreografías mecánicas que juegan con el montaje y la imaginación. Herbie parece bailar sobre el asfalto, esquivando obstáculos con una agilidad que roza lo imposible, pero siempre desde un tono lúdico que evita tomarse demasiado en serio.
El villano, caricaturesco y arrogante, encarna esa figura clásica del cine familiar que sirve como contrapunto perfecto: alguien que ve en el coche solo una máquina, incapaz de comprender el vínculo emocional que se construye a su alrededor. Y ahí reside otro de los aciertos del filme: su defensa de lo intangible, de aquello que no puede medirse ni comprarse.
Vista hoy, Herbie, un volante loco funciona como una cápsula del tiempo. Su ritmo pausado, su humor blanco y su fe en la bondad pueden parecer ingenuos, pero también resultan refrescantes en un panorama saturado de cinismo. No busca reinventar el cine ni trascender su condición de entretenimiento, pero en esa modestia encuentra su mayor virtud.
Porque, al final, lo que queda no es solo la historia de un coche que corre, sino la de un objeto que, contra todo pronóstico, logra despertar empatía. Y en ese gesto, tan sencillo como improbable, Herbie sigue arrancando sonrisas medio siglo después.


Comedia muy divertida, donde brillan dos veteranos del cine Helen Hayes y Keenan Wynn.
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