CUANDO EL RATPACK CONQUISTO AMERICA Y ROZÓ EL PODER.

 CUANDO EL RATPACK CONQUISTO AMERICA Y ROZÓ EL PODER.

Todo empezó casi como empiezan las leyendas: con una frase lanzada al aire, mitad burla, mitad intuición. Lauren Bacall observó a Humphrey Bogart y a sus amigos regresar de una juerga interminable y los bautizó sin saberlo: una “pandilla de ratas”. Aquel gesto doméstico, casi casual, terminaría cristalizando en uno de los mitos más seductores del Hollywood clásico.

Pero el verdadero estallido del fenómeno llegaría años después, cuando Frank Sinatra recogió ese nombre y lo convirtió en bandera. A su alrededor gravitaban talentos que parecían hechos para el exceso y el escenario: Dean Martin, con su elegancia despreocupada; Sammy Davis Jr., pura energía y virtuosismo; Joey Bishop, cerebro cómico del grupo; y Peter Lawford, el puente hacia una esfera aún más elevada: la política.

Las noches de Las Vegas, especialmente en el Sands, se convirtieron en su territorio natural. Allí, entre canciones, improvisaciones y bromas que solo ellos entendían del todo, moldearon un espectáculo irrepetible, una mezcla de camaradería y talento que parecía espontánea, aunque detrás latiera una química cuidadosamente alimentada. Aquella energía terminaría fijándose en celuloide con Ocean's 11, consolidando la imagen de un grupo que era tanto una marca como una forma de estar en el mundo.

Sin embargo, lo que elevó al Rat Pack de fenómeno cultural a mito histórico fue su inesperada conexión con el poder. Lawford, casado con Patricia Kennedy, hermana de John F. Kennedy, actuó como intermediario entre Hollywood y la Casa Blanca. De pronto, aquel grupo de artistas noctámbulos se encontraba orbitando cerca del centro político de Estados Unidos.

La alianza no fue inocente. Para Kennedy, joven, carismático pero también percibido como distante por ciertos sectores, el respaldo de figuras como Sinatra suponía un impulso decisivo. El Rat Pack aportaba algo que ningún discurso podía garantizar: glamour, visibilidad y conexión con públicos diversos, incluidos votantes jóvenes y afroamericanos. Sinatra, por su parte, se implicó activamente en la campaña, organizando eventos y galas que culminaron en la fastuosa celebración previa a la investidura de 1961, un espectáculo que mezclaba política y espectáculo sin complejos.

Pero como tantas historias tejidas en el vértigo del éxito, esta también llevaba en su interior la semilla de la ruptura.

El primer golpe fue sutil pero revelador: la exclusión de Sammy Davis Jr. de aquella gala por temor a las reacciones racistas ante su matrimonio interracial con May Britt. Fue una herida que evidenciaba los límites de aquella amistad. Dean Martin, en un gesto de lealtad, se negó a participar sin su compañero.

El segundo golpe fue más calculado. Robert F. Kennedy, hermano del presidente, presionó para cortar vínculos con Sinatra, cuyo nombre aparecía en informes del FBI relacionados con la Mafia. La política, que antes había abrazado el brillo del espectáculo, ahora se protegía de él.

La humillación definitiva llegó en 1962. Kennedy canceló a última hora su estancia en la casa de Sinatra en Palm Springs y optó por alojarse con Bing Crosby. El gesto, aparentemente menor, fue interpretado por Sinatra como una traición personal. La reacción no se hizo esperar: Peter Lawford fue expulsado del grupo, convertido en chivo expiatorio de una relación que ya estaba rota.

Lo que quedó después fue el eco de una alianza tan fascinante como interesada. El Rat Pack había sido útil para el poder, y el poder había legitimado a aquel grupo de artistas que vivían al límite. Pero cuando las circunstancias cambiaron, la conexión se disolvió sin ceremonias.

Años más tarde, un Sinatra herido reorientaría su influencia hacia el Partido Republicano, cerrando así el círculo de una historia donde el espectáculo y la política se cruzaron con una intensidad difícil de repetir.

Quizá por eso sigue resultando tan cinematográfica. Porque en ella conviven el brillo y la sombra, la lealtad y el cálculo, la fiesta interminable y el silencio posterior. Y porque, en el fondo, habla de algo muy reconocible: el precio de acercarse demasiado al poder.



Comentarios

  1. Cinco coleguillas con ciertas conexiones con el mundo hampón que me hicieron disfrutar las peliculas en las que intervinieron juntos.

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