LA PELICULA DE LA QUE SIEMPRE SE ARREPINTIO JOHN WAYNE.
Pocas filmografías resultan tan asociadas a la mitología del cine clásico como la de John Wayne. Basta evocar Centauros del desierto, Río Bravo o El hombre que mató a Liberty Valance para que la figura de El Duque emerja recortada contra el horizonte del western, sólida e inquebrantable. Sin embargo, incluso los iconos arrastran dudas, inseguridades y pequeños fantasmas personales.Uno de esos fantasmas tuvo nombre propio: La taberna del irlandés. Aquella comedia ambientada en la Polinesia, dirigida por John Ford, no solo fue la decimocuarta y última colaboración entre ambos, sino también un rodaje que dejó en Wayne un poso de insatisfacción. En conversación con Peter Bogdanovich, el actor llegó a reconocer que se sintió fuera de lugar, demasiado mayor para el papel de Michael “Guns” Donovan. No culpaba a la película, sino a sí mismo: sentía que no había aportado lo necesario, que algo no terminaba de encajar.
La historia situaba a Donovan y a su inseparable amigo “Boats” Gilhooley —interpretado por Lee Marvin— en la isla ficticia de Haleakaloha, en la Polinesia francesa. Antiguos compañeros de la Marina durante la Segunda Guerra Mundial, ambos intentan reinventarse lejos del ruido del mundo. Donovan abre una taberna, “El Arrecife de Donovan”, que pronto se convierte en el epicentro de disputas, bromas pesadas y un caos entrañable que altera la rutina de los habitantes del lugar. La llegada de Amelia Dedham, encarnada por Elizabeth Allen, introduce un elemento romántico que, paradójicamente, fue el detonante de la incomodidad del propio Wayne: la diferencia de edad entre ambos —más de dos décadas— pesaba sobre su conciencia interpretativa.
El reparto se completaba con nombres como Jack Warden, Cesar Romero y Dorothy Lamour, quien se despedía del cine con esta película. También aparecía Patrick Wayne, hijo del protagonista, en el papel de un oficial naval australiano.
Puede que La taberna del irlandés no figure entre las cumbres del género ni entre las interpretaciones más celebradas de Wayne, pero conserva un valor singular: el de mostrar la grieta humana tras el mito. Incluso los héroes del western, en algún momento, dudan frente al espejo.

Era una versión en plan hawaiano de El hombre tranquilo. A mi me encanto. Gran pelicula.
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