EL CINE DE LOS AÑOS 70.
EL HOMBRE DEL KLAN (1974)
REPARTO: LEE MARVIN, RICHARD BURTON, CAMERON MITCHELL, O. J. SIMPSON, LOLA FALANA, DAVID HUDDLESTON, LUCIANA PALUZZI, LINDA EVANS, DAVID LADD, JOHN ALDERSON, ED CALL, VIC PERRIN, WENDELL WELLMAN
DIRECTOR: TERENCE YOUNG
MÚSICA: STU GARDNER, DALE O. WARREN
PRODUCTORA: PARAMOUNT PICTURES
DURACIÓN: 112 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Una tensión enfermiza recorre El hombre del Klan desde su primera imagen, como si la película supiera que se mueve en un territorio donde no puede haber redención limpia. Terence Young, cineasta asociado tantas veces al espectáculo elegante, se adentra aquí en un drama áspero, incómodo y brutal, una obra marcada por la rabia y por una sensación de amenaza constante que no abandona nunca al espectador.
No es una película fácil de abrazar, ni siquiera
de admirar en un sentido convencional, porque está construida desde
la confrontación. Su retrato del racismo enquistado en el sur de
Estados Unidos no busca sutilezas ni distancias confortables; golpea
de frente. Todo está contaminado por el odio, por la violencia
latente, por una comunidad en la que la barbarie no es una excepción,
sino una forma de orden.
Lee Marvin, con esa presencia dura,
erosionada, casi mineral, encarna a un sheriff atrapado en medio de
ese infierno social. No es un héroe clásico. Tiene el cansancio
moral de los personajes que saben que llegan tarde, que combaten algo
demasiado grande para ser derrotado desde la ley. Marvin dota al
personaje de una sequedad extraordinaria, y basta su manera de mirar
para transmitir toda una historia de derrotas.
La película
tiene algo de crónica febril. No avanza como un thriller
convencional, sino como una espiral de violencia que se va cerrando
poco a poco. Cada escena parece empujar hacia una explosión
inevitable. Los conflictos raciales, la brutalidad sexual, la
corrupción institucional y la cobardía colectiva forman una
atmósfera sofocante, casi irrespirable.
Y precisamente en esa
incomodidad reside parte de su fuerza. El hombre del Klan no pretende
ser una visión amable ni conciliadora del conflicto racial. Tiene la
suciedad del cine de los setenta cuando se atrevía a rozar lo
desagradable para señalar heridas reales. Su mundo está podrido, y
la película no intenta embellecer esa podredumbre.
Visualmente
posee una rudeza muy acorde con lo que cuenta. No hay estilización
que suavice el golpe. La puesta en escena parece empeñada en dejar
que todo se sienta áspero: los caminos polvorientos, los bares donde
se fermenta el odio, las miradas cargadas de amenaza. Incluso cuando
el relato se aproxima a códigos casi de western crepuscular, nunca
pierde ese tono agrio.
Resulta fascinante cómo, bajo la
superficie de drama racial, emerge también una película sobre
comunidades enfermas, sobre el silencio como complicidad y sobre el
miedo convertido en sistema. No solo habla del Ku Klux Klan; habla
del tejido social que permite su existencia.
No es una obra
perfecta. Tiene aristas, excesos y momentos donde su discurso parece
desbordarse. Pero quizá esa naturaleza turbulenta forma parte de su
identidad. No se siente domesticada. Se siente peligrosa.
Y en
ese sentido posee una energía extraña, casi incómodamente viva.
Algunas secuencias tienen una brutalidad seca que todavía sacude,
precisamente porque no buscan convertir el horror en espectáculo
elegante. Cuando la violencia estalla, duele.
También resulta
imposible no percibir en ella un eco del cine político y
desencantado de su tiempo, donde las instituciones aparecen corroídas
y la justicia parece siempre insuficiente. Ese pesimismo le da una
gravedad que va más allá del relato criminal.
Más que una
película de denuncia tradicional, El hombre del Klan funciona como
un descenso a una América enferma de odio, filmada sin apenas
filtros. Una obra bronca, discutible, feroz, que no pretende seducir
sino remover.
Y aunque su crudeza pueda incomodar, quizá ahí
reside su valor: en no permitir una mirada cómoda. Queda al final
una sensación amarga, casi polvorienta, como si uno hubiera
atravesado un paisaje moral devastado.
No todas las películas
necesitan ser elegantes para ser poderosas. Algunas, como esta,
muerden.


Comentarios
Publicar un comentario