85 AÑOS DE LA OBRA MAESTRA DE ORSON WELLES, "CIUDADANO KANE".
Durante años, Ciudadano Kane no fue el monumento que hoy veneramos, sino una película incómoda, casi incóprendida, recibida con frialdad en lugares como España cuando llegó en 1946. Hubo que esperar a que el tiempo hiciera su trabajo —y a que la mirada crítica se afinara en la década de los cincuenta— para que aquella obra firmada por Orson Welles comenzara a ocupar el lugar que ahora parece indiscutible.
El nacimiento del proyecto ya tiene algo de leyenda. La RKO Radio Pictures confió en un joven Welles que venía de sacudir a todo un país con la emisión radiofónica de La guerra de los mundos, logrando que miles de oyentes creyeran estar asistiendo a una invasión alienígena. Aquel golpe de efecto le abrió las puertas a un privilegio casi inaudito en Hollywood: control creativo total, desde el guion hasta el montaje final, rodeado además por los actores de su Mercury Theatre.
Antes de convertirse en Ciudadano Kane, el proyecto llevó el título provisional de American, una declaración de intenciones que ya apuntaba hacia su ambición: radiografiar el alma de un país a través de la figura de un hombre. Un hombre que, aunque nunca se reconociera oficialmente, remitía de forma evidente al magnate William Randolph Hearst, cuya ira se tradujo en intentos de boicot desde sus periódicos y emisoras.
Ese conflicto alimentó el mito tanto como la propia película. Incluso se cuenta que, años después, Welles y Hearst coincidieron en un ascensor sin intercambiar palabra alguna, sellando con silencio lo que en la pantalla había sido un retrato feroz.
En lo industrial, la historia tampoco fue la de un triunfo inmediato: nueve nominaciones al Premios Óscar, pero un único galardón —Mejor Guion para Herman J. Mankiewicz— y una taquilla que apenas superó el millón y medio de dólares frente a un coste de 839.000. Un éxito moderado en números, pero una semilla que crecería con los años.
Lo verdaderamente revolucionario estaba en las imágenes. La fotografía de Gregg Toland transformó el lenguaje visual del cine con una profundidad de campo extrema, encuadres desde ángulos imposibles y una iluminación que bebía del expresionismo. Cada plano parecía pensado para que el espectador pudiera perderse dentro de él, explorarlo, descubrir capas.
A ese universo contribuyó también la música de Bernard Herrmann, en su debut cinematográfico, marcando ya el tono de una carrera que luego dejaría huella en títulos como Psicosis o Vértigo. Y mientras tanto, la falta de presupuesto obligaba a soluciones ingeniosas: auditorios llenos que en realidad eran juegos de luces sobre negativos, o un Xanadú construido a base de restos de otros decorados, humo y maquetas.
Y luego está “Rosebud”. La palabra que cierra la vida de Kane y abre un misterio que ha alimentado interpretaciones durante décadas, algunas tan provocadoras como el rumor que la vinculaba íntimamente con la amante de Hearst, Marion Davies. Quizá nunca importe tanto lo que significa como el hecho de que exista: un enigma que convierte toda la película en una búsqueda imposible.
Durante medio siglo, la revista British Film Institute a través de Sight & Sound la coronó como la mejor película de la historia, hasta que en 2012 fue desplazada por Vértigo de Alfred Hitchcock. Pero más allá de rankings, Ciudadano Kane sigue siendo algo más difícil de medir: una obra que no se agota, que se reinventa con cada visionado y que recuerda, con una lucidez casi cruel, que detrás de toda grandeza suele esconderse una pregunta sin respuesta.

Orson Welles se puede decir que fue un director renovador, imprimiendo a sus peliculas de una escenas con unos encuadres únicos y rompedores para su época.
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