LOS DOS ROLES MAS DIFICILES QUE TUVO QUE AFRONTAR ANTHONY HOPKINS.
En el cine contemporáneo, las fronteras nacionales se han vuelto difusas. Un actor británico o irlandés puede encarnar con absoluta credibilidad a una figura histórica estadounidense, del mismo modo que el acento y la cultura dejan de ser barreras cuando el talento y la preparación entran en juego. Cillian Murphy obtuvo el Oscar por dar vida al científico J. Robert Oppenheimer en Oppenheimer, mientras Christian Bale sorprendió con su transformación en el vicepresidente Dick Cheney en Vice, o Naomi Ackie asumió la voz y la fragilidad de Whitney Houston en I Wanna Dance with Somebody. Incluso el cine de superhéroes ha adoptado esta dinámica, donde la nacionalidad del intérprete importa menos que su capacidad de encarnar el mito.Mucho antes de que esta tendencia se normalizara, Anthony Hopkins ya transitaba ese territorio. Su carrera, vasta y diversa, está llena de personajes estadounidenses, desde el perturbador Hannibal Lecter en The Silence of the Lambs hasta políticos, jueces o magnates de acento americano. Sin embargo, uno de esos papeles se convirtió en un desafío inesperado.
Cuando aceptó interpretar a Richard Nixon en Nixon, Hopkins sintió el peso de la historia sobre sus hombros. No era solo reproducir un tono de voz o un gesto característico; era comprender a un presidente complejo, lleno de claroscuros, atrapado entre la grandeza política y la caída moral. El actor confesó años después que aquel trabajo lo dejó exhausto. «No soy americano, ¿por qué me eligieron?», se preguntaba, consciente de la responsabilidad. Aun así, ofreció una interpretación intensa, obsesiva, que le valió su tercera nominación al Oscar.
Quizá ahí reside la paradoja del oficio: cuanto más universal se vuelve el cine, más exigente es con sus intérpretes. La “americanización” no consiste solo en dominar un acento, sino en captar la esencia de una cultura, un tiempo y una psicología. Hopkins lo entendió en carne propia, y su esfuerzo se convirtió en prueba de que, cuando la interpretación es verdadera, la nacionalidad se disuelve y solo queda el personaje, respirando en la pantalla como si siempre hubiera existido allí.

Para maquillaje que tuvo que soportar también imagino, que fue el de Alfred Hitchcock, aunque el personaje era británico como él y no norteamericano.
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