EL WESTERN QUE DIRIGIO HOWARD HAWKS POR INDIGNACIÓN.
Dentro de la historia del wéstern hay películas que redefinen el género desde la acción y otras que lo hacen desde la quietud. Río Bravo pertenece claramente a este segundo grupo. En apariencia es una historia mínima: un sheriff encierra a un pistolero en la cárcel del pueblo y decide custodiarlo hasta que lleguen los federales. El problema es que el hermano del detenido, un poderoso terrateniente, está dispuesto a liberarlo a cualquier precio. Así comienza una larga espera dentro de un espacio casi único —la cárcel y sus alrededores— donde el conflicto no se resuelve con grandes cabalgadas ni con persecuciones espectaculares, sino con paciencia, carácter y un sentido del deber casi obstinado.
Lo que hace singular a la película es precisamente su manera de apartarse de la épica habitual del género. Aquí no hay travesías por territorios abiertos ni batallas multitudinarias. La narración avanza a través de gestos cotidianos, conversaciones y silencios compartidos entre personajes que distan mucho del héroe clásico: un ayudante del sheriff marcado por el alcohol, un anciano cojo que aún intenta demostrar su valía y un muchacho inseguro que todavía busca su lugar. Esa pequeña comunidad improvisada, encerrada en una espera tensa y prolongada, convierte el relato en algo casi teatral, un estudio de carácter más que una aventura.
El director de la película, Howard Hawks, llegó al proyecto de forma curiosa. Aunque ya había firmado algunos títulos fundamentales del género —entre ellos el mítico Río Rojo— en los años cincuenta estaba mucho más interesado en la comedia. De hecho, venía de dirigir éxitos como Los caballeros las prefieren rubias o Me siento rejuvenecer, y continuaría explorando otros registros con películas como Hatari! o Su juego favorito. El wéstern no era, en aquel momento, su prioridad.
Sin embargo, el origen de Río Bravo se encuentra en una reacción muy concreta del propio director. Hawks sentía un profundo rechazo por Solo ante el peligro, el influyente wéstern de Fred Zinnemann protagonizado por Gary Cooper. Aquella película —una historia contada prácticamente en tiempo real sobre un sheriff abandonado por todo su pueblo— fue celebrada por la crítica y el público, ganó varios premios Óscar y con el tiempo se convirtió en una obra de referencia del género. Además, muchos interpretaron su argumento como una alegoría sobre el clima político del macartismo en Estados Unidos.
A Hawks, sin embargo, esa visión del héroe no le convencía en absoluto. Para él, un sheriff no debía recorrer el pueblo pidiendo ayuda desesperadamente, ni depender del coraje tardío de los ciudadanos. Su idea del profesional del Oeste era muy distinta: alguien que conoce su trabajo y que se rodea únicamente de quienes están realmente preparados para cumplirlo.
Esa discrepancia conceptual fue, paradójicamente, el motor creativo de Río Bravo. El director decidió plantear una historia construida sobre la actitud opuesta: un sheriff que no implora ayuda, que confía sólo en quienes considera capaces y que afronta el conflicto con un pequeño grupo de hombres imperfectos pero leales. En lugar de un héroe aislado frente a la cobardía colectiva, Hawks imaginó una camaradería extraña y frágil, hecha de respeto mutuo y de códigos compartidos.
El resultado fue una película profundamente distinta al modelo dominante del wéstern. Su tono íntimo, casi claustrofóbico, transforma el pueblo en un escenario cerrado donde los personajes revelan sus debilidades y su dignidad. La acción es escasa, pero la tensión emocional es constante. Y en esa mezcla de humor, amistad y resistencia silenciosa se encuentra buena parte de su encanto.
Con el paso del tiempo, Río Bravo terminó siendo considerada una de las grandes obras del género, hasta el punto de figurar habitualmente entre los mejores wésterns de la historia del cine. Hawks retomaría más adelante algunas de sus ideas en El Dorado y en Río Lobo, dos películas que, aunque muy distintas en tono, dialogan claramente con aquel relato de espera y camaradería.
Lo más irónico de todo es que esta obra fundamental nació, en realidad, de una indignación. Uno de los wésterns más celebrados de todos los tiempos surgió como respuesta a otro que también ocupa un lugar privilegiado en la historia del cine. Hawks no pretendía crear una obra maestra: simplemente quería demostrar cómo debía comportarse, según él, un auténtico sheriff del Oeste. Y en el intento terminó filmando una de las películas que mejor condensan el espíritu del género.

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