LA ODISEA SECRETA DE "EL NOMBRE DE LA ROSA".

 LA ODISEA SECRETA DE "EL NOMBRE DE LA ROSA".

Hubo un tiempo en que el cine europeo se lanzó a descifrar un enigma que parecía condenado a permanecer en papel. La novela de Umberto Eco era un artefacto literario de múltiples capas, una obra que respiraba teología, política, ironía y misterio con la misma naturalidad con que sus monjes recorrían los claustros de la abadía. Traducir aquella arquitectura verbal al lenguaje de las imágenes exigía algo más que talento: requería obstinación, paciencia y una fe casi medieval en el poder del cine.

Esa fe la tenía Jean‑Jacques Annaud desde hacía años. Su obsesión con la novela lo llevó a una travesía de castings interminables, llamadas improbables y renuncias inesperadas. En algún momento del proceso, cuando el proyecto parecía condenado al olvido, apareció un actor que la industria consideraba reliquia: Sean Connery. Su nombre evocaba todavía la sombra elegante de James Bond, y muchos dudaban de que pudiera encarnar al monje lógico y escéptico Guillermo de Baskerville. Sin embargo, en una simple lectura de guion, su voz grave y su mirada astuta convencieron al director.

El propio Eco, receloso al principio, cambió de opinión al ver a Connery vestido con hábito, con barba descuidada y un aire de ironía erudita que parecía brotar directamente de sus páginas. No todos se rindieron a la evidencia: el estudio Paramount Pictures abandonó el proyecto, y la película terminó encontrando refugio en la financiación europea, convertida en una producción de Alemania Occidental.

La aventura no se detuvo ahí. El joven Christian Slater fue elegido tras un proceso arduo para interpretar a Adso, mientras F. Murray Abraham imponía en el set una tensión palpable tras su reciente triunfo en Amadeus. La atmósfera del rodaje parecía prolongar la rivalidad y el misterio que la propia historia exigía.

Annaud buscó por toda Europa la abadía perfecta sin encontrarla. Fragmentó entonces el mundo de la novela en escenarios reales: el monasterio de Monasterio de Eberbach ofreció sus claustros y scriptorium; el remoto Castillo de Rocca Calascio aportó su soledad pétrea para las llegadas y despedidas. En Cinecittà Studios se levantó un gigantesco decorado —solo superado por el de Ben‑Hur— que terminaría consumido por un incendio misterioso. Allí nació también la biblioteca laberíntica inspirada en M. C. Escher, un prodigio visual donde los técnicos se perdían con la misma facilidad que los personajes.

El director exigió que los decorados envejecieran, que los ropajes acumularan polvo y que la fealdad humana tuviera su lugar en pantalla. Buscó extras deformes y tullidos, obsesionado con la verdad física de un mundo medieval sin pulir. Esa obsesión dotó a la película de una textura única, áspera y tangible.

Cuando finalmente se estrenó, el destino fue caprichoso: en Estados Unidos pasó casi desapercibida, pero en Europa se convirtió en un éxito rotundo. Para Connery fue el inicio de una segunda edad dorada que culminaría con el Oscar por Los intocables de Eliot Ness, seguido por aventuras como Indiana Jones y la Última Cruzada, La caza del Octubre rojo o La roca.

Pero el legado más profundo de El nombre de la rosa no está en su recaudación ni en su reparto. Está en haber demostrado que una novela intrincada, casi imposible de adaptar, podía transformarse en una experiencia cinematográfica envolvente, sombría y fascinante. Entre pergaminos envenenados y sombras de antorchas, el cine encontró una de sus abadías más inolvidables… y en su silencio aún resuena el eco de una verdad que el misterio no logró enterrar.



Comentarios

  1. Sea como fuere "En el nombre de la rosa" es una extraordinaria pelicula, muy bien ambientada con un Sean Connery que era el único actor posible para encarnar a Guillermo de Baskerville; apellido que es un claro guiño a la obra de Arthur Conan Doyle.

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