"HANNIBAL LECTER" EN UN PRINCIPIO NO TENÍA QUE TENER EL ROSTRO DE ANTHONY HOPKINS PARA "EL SILENCIO DE LOS CORDEROS".

 "HANNIBAL LECTER" EN UN PRINCIPIO NO TENÍA QUE TENER EL ROSTRO DE ANTHONY HOPKINS PARA "EL SILENCIO DE LOS CORDEROS".

A finales de los ochenta, el terror parecía haber perdido el pulso que lo convirtió en uno de los motores creativos del cine del siglo XX. Tras la sofisticación psicológica de Alfred Hitchcock y la revolución setentera que encarnaron títulos como El exorcista y Tiburón, el género se fue refugiando en fórmulas repetidas: máscaras, cuchillos y sustos mecánicos. El fenómeno “slasher”, impulsado por Halloween y Viernes 13, llenó salas, sí, pero también agotó una parte de la ambición dramática que el terror había sabido conquistar.

Había excepciones —la inquietud metafísica de El resplandor o la imaginería onírica de Pesadilla en Elm Street—, aunque el género necesitaba una sacudida distinta, menos sobrenatural y más humana. Esa sacudida llegó el 14 de febrero de 1991, cuando El silencio de los corderos transformó un día asociado al romanticismo en una experiencia perturbadora y adulta.

Dirigida por Jonathan Demme y basada en la novela de Thomas Harris, la película desplazó el foco del monstruo hacia la mente. Clarice Starling, interpretada por Jodie Foster, no era una víctima pasiva sino una agente del FBI enfrentada a un entorno hostil y a sus propios fantasmas. Frente a ella, el doctor Hannibal Lecter, encarnado por Anthony Hopkins, redefinía la figura del villano: elegante, lúcido, perversamente seductor. Y en la sombra, Buffalo Bill —interpretado por Ted Levine— aportaba la dimensión más cruda del horror.

El impacto fue inmediato y también institucional. La película se convirtió en la tercera en la historia en conquistar los cinco grandes premios de la Academia —mejor película, director, actor, actriz y guion adaptado—, siguiendo la estela de Sucedió una noche y Alguien voló sobre el nido del cuco. Y, hasta hoy, sigue siendo el único thriller de terror que ha ganado el Oscar a mejor película, un hito que evidenció que el miedo también podía ser prestigio.

Lo paradójico es que esa química irrepetible estuvo a punto de no existir. Antes de Hopkins, nombres como Sean Connery —que rechazó el guion por considerarlo demasiado perturbador—, Al Pacino, Jeremy Irons, Robert De Niro o Dustin Hoffman estuvieron vinculados al proyecto. Para el papel de Clarice, Michelle Pfeiffer y Meg Ryan declinaron una historia que juzgaron demasiado oscura.

Aquellos rechazos, sin saberlo, abrieron la puerta a una conjunción perfecta. Treinta y cinco años después, la mirada fija de Lecter y el temblor contenido de Clarice siguen dialogando con el espectador. No fue solo un éxito: fue el recordatorio de que el verdadero terror nace cuando el monstruo no está bajo la cama, sino frente a nosotros, hablando con voz serena.



Comentarios

  1. No veo a otro actor en este sitio, menos a Jeremy Irons y a Sean Connery a pesar de ser grandiosos actores; pero si que Michelle Pfeiffer hubiera sido una mejor Clarice Sterling.

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