EL DIA EN QUE JOHN FORD SE SINCERO CON UNA DE LAS GRANDES LEYENDAS DEL CINE.
A comienzos de los años cincuenta, el clima de Hollywood estaba cargado de sospecha. No eran los estrenos ni las estrellas quienes dominaban las conversaciones, sino el nombre de Joseph McCarthy, convertido en símbolo de una cruzada anticomunista que señalaba, interrogaba y condenaba a quienes olieran siquiera a disidencia. Guionistas como Dalton Trumbo o cineastas como Edward Dmytryk vieron cómo sus carreras se desmoronaban bajo el peso de la sospecha.En medio de aquel vendaval ideológico, John Ford seguía rodando sus películas, protegido por una discreción casi obstinada. “Soy un republicano del estado de Maine”, decía, y poco más. Pero el silencio de Ford no era indiferencia. Cuando la presión alcanzó al sindicato de directores, el conflicto dejó de ser abstracto.
El veterano Cecil B. DeMille, figura monumental del cine clásico, apoyó que los miembros del Screen Directors Guild declararan bajo juramento no ser comunistas. La medida implicaba someter al presidente del sindicato, Joseph L. Mankiewicz, a un gesto público que rozaba la humillación. DeMille sabía que Mankiewicz, hombre de ideas liberales y firmes convicciones, no aceptaría.
La reunión del sindicato se convirtió entonces en una escena de cine sin cámara. Ford, que había dirigido Las uvas de la ira y reforzado con su mirada humanista la dignidad de los trabajadores, rompió su reserva. Se dirigió a DeMille con palabras secas y claras: admiraba su cine, pero rechazaba sus actos. A su lado se alinearon nombres como Billy Wilder y John Huston, defendiendo que Hollywood no debía rendirse al miedo.
No era un gesto partidista. Entre republicanos y demócratas, entre liberales de distinta raíz, lo que estaba en juego era la libertad de expresión. Mankiewicz lo resumió con ironía amarga: pensaba que aquello solo ocurría en Moscú. Y la réplica que recibió —según recordaría— revelaba hasta qué punto la paranoia había cruzado el océano.
Mientras algunos celebraban la purga —actores como John Wayne o Ward Bond simpatizaban con la línea dura— otros entendieron que el cine no podía sobrevivir sin diversidad de ideas. En aquel instante, Ford, hombre de pocas palabras y de mitologías americanas, demostró que la verdadera lealtad al país consistía en proteger su derecho a disentir.
La historia recordará muchas películas de Ford, pero también ese momento en que, sin necesidad de cámaras, defendió algo más grande que cualquier western o epopeya: la dignidad del cine frente al miedo. Porque a veces el gesto más valiente no se rueda en exteriores ni se escribe en un guion. A veces basta con levantarse, hablar y negarse a firmar.

Cecil B. De Mille era un tipo bastante particular, y si no que se lo hubieran dicho a su yerno, Anthony Quinn.
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