GRACE KELLY, HITCHCOCK Y EL PAPEL QUE NUNCA LLEGÓ A HACER LA PRINCESA DE MONACO.

 GRACE KELLY, HITCHCOCK Y EL PAPEL QUE NUNCA LLEGÓ A HACER LA PRINCESA DE MONACO.


En 1962, cuando llevaba seis años convertida en princesa consorte de un pequeño pero luminoso principado mediterráneo, Grace Kelly todavía era, para buena parte del mundo, la actriz radiante que había fascinado a Hollywood en la década anterior. Su vida en Mónaco había comenzado como un auténtico acontecimiento global: la boda con Rainiero III, celebrada tras su encuentro en el Festival de Cannes de 1955, atrajo a miles de curiosos y a centenares de periodistas que vieron en ella la encarnación perfecta de un cuento de hadas moderno.

Esa exposición pública nunca fue un problema para ella. Durante los primeros años, se movía con soltura en recepciones oficiales y retratos institucionales, sostenida por la gracia que ya había mostrado ante las cámaras de cine. Sin embargo, tras el nacimiento de sus dos hijos mayores, Carolina y Alberto, aquella vida palaciega fue estrechándose. Varias biografías posteriores recordarían que vivió etapas marcadas por la tristeza, la soledad y una infelicidad silenciosa.

Quizá por eso, cuando un día de finales de 1962 su antiguo agente neoyorquino la llamó para comunicarle que Alfred Hitchcock tenía un guion para ella, el impacto fue inmediato. Kelly había sido una de las intérpretes más queridas del maestro del suspense: juntos habían rodado Crimen perfecto, La ventana indiscreta y Atrapa a un ladrón, y la actriz siempre había evocado al director con elogios cargados de afecto. Hitchcock, por su parte, dejó claro en una nota que no contemplaba alternativa posible: «Te necesito. Este papel es para ti».

La película era Marnie, adaptación de una novela de Winston Graham, centrada en una mujer atormentada, marcada por robos compulsivos, traumas sexuales y un equilibrio emocional frágil. La propuesta devolvía a Kelly la posibilidad de reencontrarse con la interpretación, de romper la rigidez de su vida pública con un personaje complejo y arriesgado. Aceptó sin dudar.

Pero la política y la imagen institucional pesaron más. Al exponer el proyecto a su marido, Rainiero consultó al Consejo de Estado y a varios asesores. La idea de que la princesa volviera al cine encarnando a una ladrona emocionalmente perturbada se juzgó peligrosa: podía empañar la reputación del principado y suscitar rechazo entre sus habitantes. Nadie prohibió nada abiertamente, pero el mensaje fue claro. Rainiero le sugirió prudencia. Kelly, con el corazón dividido, renunció. «Querido Hitch —escribiría en una carta que el director conservaría para siempre—, es desgarrador dejar esta película».

El golpe para Hitchcock fue profundo. Más que la frustración profesional, lo hirió la pérdida de una actriz en la que había depositado confianza, complicidad y un largo proceso de preparación. Y, sin embargo, siguió adelante. El proyecto pasó a manos de Tippi Hedren, la joven intérprete con la que ya estaba rodando Los pájaros. Para asegurar un éxito comercial que compensara la ausencia de Kelly, eligió a Sean Connery como protagonista masculino, por entonces convertido en un fenómeno mundial gracias a James Bond.

Privado de su musa original, Hitchcock decidió inclinar el guion hacia zonas más turbias: la psicología quebrada de Marnie se volvió más explícita, más áspera, más incómoda. El resultado fue una película insólita para su tiempo, incomprendida en su estreno y con una recaudación inferior a la de sus grandes éxitos. Aun así, el director acabaría considerándola una de sus obras más íntimas.

Tippi Hedren ofreció un trabajo que Hitchcock valoró enormemente, pero el cine, siempre dado a imaginar posibilidades alternativas, invita a hacerse una pregunta inevitable:
¿qué habría ocurrido si Grace Kelly hubiese vuelto a la pantalla?
Una actriz tan elegante, tan enigmática y tan llena de matices sostenidos habría dado a Marnie un rostro completamente distinto. Un rostro que, en cierto modo, el cine continúa echando de menos.



Comentarios