IAN McKELLEN FRENTE AL ESPEJO DE OTRA GENERACION.
Hay momentos en la historia del cine —y del teatro— que no se escriben sobre un escenario ni ante una cámara, sino en conversaciones privadas que revelan el pulso moral de una época. Uno de esos instantes tuvo como protagonistas a Ian McKellen y Alec Guinness, dos intérpretes gigantescos separados no solo por edad, sino por la forma de entender el papel del artista en la sociedad.
Cuando McKellen decidió salir del armario en 1988, lo hizo en un contexto donde el silencio seguía siendo la norma en la industria. Su gesto no fue solo personal, sino político: desde entonces, su nombre ha estado ligado a la defensa de los derechos LGTBI, tanto dentro como fuera del ámbito artístico. Un compromiso que ha mantenido con la misma firmeza con la que ha construido una carrera icónica, desde la épica de El señor de los anillos hasta el universo mutante de X-Men.
Pero mucho antes de convertirse en Gandalf o Magneto, McKellen ya se enfrentaba a tensiones que hoy resultan reveladoras. En 1979, tras una función de Bent —la obra de Martin Sherman que denunciaba la persecución de los homosexuales en los campos de concentración—, recibió la visita de un admirador ilustre: Alec Guinness. El actor, reverenciado por generaciones y eternizado como Obi-Wan Kenobi en Star Wars, quedó impresionado por la interpretación y quiso invitarle a cenar. McKellen declinó.
Años después, el destino volvió a cruzarlos. Esta vez, en un restaurante italiano, la conversación tomó un cariz muy distinto. Guinness, que había seguido de cerca la implicación de McKellen en la fundación de Stonewall, decidió hablar sin rodeos. Para él, el compromiso político no encajaba con la figura del actor. Le parecía impropio, incluso indecoroso. Más que una sugerencia, fue casi una súplica: que abandonara esa lucha.
La respuesta de McKellen no fue airada, pero sí firme. Escuchó, comprendió el origen de aquellas palabras —una mentalidad forjada en otro tiempo— y, sencillamente, decidió no seguir aquel consejo. Era el choque entre dos generaciones: una acostumbrada a la discreción como forma de supervivencia, y otra dispuesta a convertir la visibilidad en una herramienta de cambio.
La historia adquiere un matiz aún más irónico con el paso del tiempo. Tras la muerte de Guinness en el año 2000, comenzaron a circular informaciones sobre su posible bisexualidad, algo que en vida nunca se confirmó públicamente. McKellen, años después, evocó aquel encuentro al asistir a la obra Two Halves of Guinness, un retrato escénico que insinúa esa faceta más íntima del actor. La reflexión no está exenta de cierta melancolía: quizá aquel consejo no era solo ideológico, sino también profundamente personal.
Pese a todo, la relación entre ambos nunca se quebró. Se mantuvo cordial, respetuosa, como si ambos entendieran que pertenecían a mundos distintos pero no necesariamente incompatibles.
Hoy, con más de ocho décadas a sus espaldas, McKellen sigue activo, con nuevos proyectos en camino y la misma determinación que marcó su vida hace casi cuarenta años. Su trayectoria no solo habla de talento, sino de coherencia. Y aquella conversación, lejos de quedar como una simple anécdota, se convierte en un reflejo de cómo el cine —y quienes lo hacen posible— también evolucionan, a veces no sin fricciones, hacia una mayor honestidad.

Ambos han interpretado a dos personajes iconos, McKellen a Gandalf y Alec Guinness a Obi Wan Kenobi. Ambos son dos extraordinarios actores.
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