EL ELOGIO DE ARTURO PEREZ-REVERTE HACÍA VIGGO MORTENSEN QUE NO GUSTO A ESTE.

 EL ELOGIO DE ARTURO PEREZ-REVERTE HACÍA VIGGO MORTENSEN QUE NO GUSTO A ESTE.

En el tablero del cine, España y Hollywood juegan partidas distintas. Mientras al otro lado del Atlántico los presupuestos se inflan hasta cifras casi mitológicas, aquí cada euro pesa, se negocia, se exprime. Por eso, cuando Alatriste irrumpió con sus 24 millones de presupuesto, no solo se convirtió en una de las producciones más ambiciosas del cine español, sino también en una declaración de intenciones: competir en escala sin perder identidad. Ese mismo año, Hollywood lanzaba Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto con una inversión que multiplicaba por diez cualquier intento europeo. Dos formas de entender el espectáculo, dos velocidades imposibles de reconciliar.

Pero más allá de las cifras, Alatriste se sostenía sobre una promesa narrativa muy concreta: llevar a la pantalla el universo literario de Arturo Pérez-Reverte, uno de los autores más leídos del país. Y hacerlo, además, con un rostro inesperado al frente: Viggo Mortensen. La elección no era evidente. Venía de encarnar a Aragorn en El Señor de los Anillos: El retorno del Rey, convertido ya en icono épico, y sin embargo aquí debía transformarse en algo muy distinto: un soldado cansado, ambiguo, sin épica.

La apuesta tenía algo de riesgo calculado. Internacionalizar el proyecto implicaba abrirlo al mundo, pero también aceptar ciertas fricciones: un acento que no era del todo castellano, una presencia que debía integrarse en la densidad histórica de los Tercios. Sin embargo, para el propio Pérez-Reverte, la clave no estaba en la fonética, sino en la mirada. En ese gesto áspero, en esa oscuridad latente que Mortensen ya había mostrado en La teniente O'Neil. Ahí reconoció al personaje.

Lo curioso es que ese elogio —formulado con la crudeza habitual del escritor— no terminó de encajar del todo en el actor. Cuando le llegó la frase, reaccionó con una mezcla de ironía y desconcierto, como si no tuviera claro si se trataba de un halago o de una provocación. Un pequeño desencuentro verbal que, en el fondo, revela algo interesante: la distancia entre quien crea un personaje y quien lo encarna.

Y, sin embargo, en pantalla esa distancia desaparece. Mortensen construye un Alatriste sobrio, contenido, más cercano al desencanto que al heroísmo. Un antihéroe que, como señalaba el propio autor, poco tendría que hacer entre los ideales de d'Artagnan. Aquí no hay honor luminoso ni aventuras románticas, sino supervivencia, lealtades frágiles y un código moral difuso.

El público respondió. En España, la película funcionó con solidez en taquilla, y fuera de nuestras fronteras encontró un destino inesperado, especialmente en Asia, donde su exotismo histórico la convirtió en un fenómeno singular. Pero la crítica fue más fría. No tanto por su protagonista —que salió relativamente indemne del escrutinio— como por una narrativa que, para algunos, no terminaba de cohesionar la ambición con el resultado.

Aun así, Alatriste permanece como un intento valiente. Una película que quiso ser muchas cosas a la vez: épica, histórica, introspectiva. Y que, en ese equilibrio inestable, dejó una imagen persistente: la de un hombre cansado, espada en mano, caminando por un mundo que ya no cree en héroes.



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