EL DIRECTOR NICOLAS WINDING REFN RECUERDA EN CANNES SU AMARGO ENCUENTRO CON LA MUERTE.
En el ruido constante del Festival de Cannes, donde las películas compiten por dejar huella, fue la voz quebrada de Nicolas Winding Refn la que terminó imponiéndose al protocolo. No hablaba solo de cine. Hablaba de haber estado al otro lado.
El director danés, fiel a su estilo provocador y profundamente sensorial, acudía al certamen para presentar Her Private Hell, pero la conversación pronto derivó hacia algo mucho más íntimo. Tres años atrás, su vida se detuvo durante veinte minutos. Una muerte clínica que no solo marcó su cuerpo, sino también su forma de entender el tiempo, la creación y el propio acto de filmar.
Aquel episodio —provocado por una grave afección cardíaca que invirtió el flujo sanguíneo y anegó sus pulmones— lo situó frente a una certeza brutal: podía morir en cuestión de semanas. Y en ese instante, según ha contado, todo se desordena. El miedo convive con la rabia, la tristeza con la ira. Hasta que algo cambia. La percepción se afila. La vida, de pronto, adquiere una claridad desconocida.
Su nueva película nace directamente de ese umbral. Her Private Hell, protagonizada por Sophie Thatcher y Charles Melton, se adentra en una metrópolis futurista envuelta por una niebla que no solo oculta, sino que libera una presencia mortal. La premisa, aparentemente fantástica, encierra en realidad una metáfora transparente: el contacto con lo inexplicable, con aquello que no se puede controlar ni comprender del todo.
Refn lo expresa sin rodeos: morir fue, en cierto modo, una experiencia reveladora. Al regresar —tras una operación que él mismo describe con admiración casi mística hacia el cirujano que le salvó— tuvo que reaprenderlo todo. Caminar, moverse, existir. Volver al punto de partida, pero con décadas de experiencia acumulada. Una paradoja que, lejos de paralizarlo, redefinió su impulso creativo.
Durante años, había contemplado la posibilidad de abandonar el cine. Sin embargo, ese tránsito entre la vida y la muerte le devolvió al origen: a la necesidad primitiva de contar historias desde lo instintivo, sin filtros, sin concesiones. Como cuando empezaba.
En Cannes, entre risas nerviosas y lágrimas inevitables, el cineasta dejó una de esas frases que condensan toda una filosofía: el tiempo lo es todo. No como concepto abstracto, sino como materia tangible, finita, irrecuperable. Y en esa conciencia, su cine parece encontrar ahora una nueva dimensión.
Con más de dos décadas de carrera y una filmografía reconocible por su estética hipnótica —luces de neón, violencia estilizada, silencios cargados de tensión—, Refn no parece interesado en repetirse. Proyectos como The Avenging Silence o la serie Les Italiens apuntan a una etapa donde la exploración formal seguirá intacta, pero atravesada por una urgencia distinta.
No se trata solo de seguir filmando. Se trata de hacerlo sabiendo que cada imagen, cada plano, cada historia… podría ser la última. O, quizá, la primera de una nueva vida.

Me alegro que aún este entre nosotros. En lo estrictamente profesional no he visto nada de su obra.
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