LA CARTA QUE DEDICO AL PACINO A SU GRAN AMIGO ROBERT DE NIRO.
Hay encuentros en la historia del cine que parecen escritos de antemano, como si dos trayectorias estuvieran destinadas a cruzarse una y otra vez hasta convertirse en leyenda. Eso es, precisamente, lo que ocurrió con Al Pacino y Robert De Niro, dos intérpretes que redefinieron la intensidad y el compromiso actoral desde los años setenta.
Antes incluso de convertirse en iconos, ambos coincidieron en una misma órbita: la de El Padrino. Aquella primera batalla silenciosa por formar parte del proyecto terminó inclinándose a favor de Pacino, quien encarnó al inolvidable Michael Corleone. Sin embargo, el destino reservaba a De Niro su propio espacio dentro de la saga, dando vida al joven Vito Corleone en El Padrino II, en una interpretación que terminaría por consagrarle.
Pero si hubo un momento en el que la admiración entre ambos se volvió explícita, fue tras el impacto de Toro Salvaje. La transformación de De Niro en Jake LaMotta, bajo la dirección de Martin Scorsese, no solo dejó huella en la crítica y en la Academia —que le otorgó el Óscar al Mejor Actor—, sino también en el propio Pacino. Incapaz de contenerse, le escribió una carta tan espontánea como sincera, reconociendo haber quedado “en shock” ante lo que definía como una obra monumental. Era el gesto de un actor que reconoce en otro un nivel casi inalcanzable.
Para entonces, ambos ya habían cimentado carreras brillantes. Pacino había dejado su sello en títulos como Serpico o Tarde de perros, mientras que De Niro hacía lo propio con Taxi Driver y El francotirador. No eran simplemente estrellas: eran dos formas distintas, pero complementarias, de entender la interpretación.
El tiempo, lejos de separarlos, terminó por reunirlos frente a frente. Primero de manera indirecta, compartiendo universo en la saga de los Corleone, y más tarde cara a cara en Heat, donde el duelo entre el ladrón Neil McCauley y el detective Vincent Hanna elevó la película a la categoría de mito contemporáneo. Años después, volverían a coincidir en títulos como Asesinato justo o El irlandés, esta última como una suerte de elegía crepuscular a todo lo que habían construido.
Lo fascinante de su relación no es solo la suma de sus logros, sino el respeto mutuo que ha sobrevivido al paso del tiempo. Porque, más allá de premios, personajes o escenas icónicas, lo que une a Pacino y De Niro es algo más difícil de definir: la certeza de que, cuando uno mira al otro, reconoce a un igual. Y eso, en el cine, ocurre muy pocas veces.

Tan amigos que hasta en la gran pantalla fueron padre e hijo, aunque en esa pelicula nunca llegaron a compartir pantalla, naturalmente me refiero a El padrino.
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