EL CINE DE LOS AÑOS 50
LOS DIEZ MANDAMIENTOS (1956)
REPARTO: CHARLTON HESTON, YUL BRYNNER, ANNE BAXTER, YVONNE DE CARLO, EDWARD G. RONBINSON, CEDRIC HARDWICK, VINCENT PRICE, DEBRA PAGET, JOHN DEREK, NINA FOCH, MARTHA SCOTT, JUDITH ANDERSON, JOHN CARRADINE, HENRY WILCOXON, EDUARD FRANZ, H. B. WARNER, IAN KEITH, FRASER C. HESTON, WOODY STRODE, HENRY BRANDON, CLINT WALKER, MIKE CONNORS, DOUGLAS DRUMBILLE, FRANK DE COVA, MICHAEL ANSARA
DIRECTOR: CECIL B. DE MILLE
MÚSICA: ELMER BERNSTEIN
PRODUCTORA: PARAMOUNT PICTURES
DURACIÓN: 232 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Resulta difícil acercarse a Los diez mandamientos desde la distancia crítica absoluta. Para muchos —y me incluyo— esta película está irremediablemente unida a la memoria personal. Durante años formó parte del ritual familiar de Semana Santa, vista una y otra vez desde la infancia, instalada en ese rincón afectivo donde el cine se convierte en compañía. Pero esta experiencia no es, ni mucho menos, excepcional: la obra de Cecil B. DeMille es un clásico que ha marcado generaciones enteras.
Y, sorprendentemente, ha envejecido con una dignidad admirable. Basta recordar que se estrenó en 1956 para apreciar el alcance de su logro técnico. En una década en la que cada efecto especial era un desafío artesanal, la película sigue resultando, a día de hoy, clara, accesible y extremadamente entretenida. Muchas superproducciones de aventuras de la época quedan sepultadas por su ritmo pausado o su solemnidad, pero Los diez mandamientos conserva una vitalidad poco común. Los efectos, por supuesto, pertenecen a su tiempo; sin embargo, lo esencial —el pulso narrativo, la planificación, la capacidad de asombro— permanece intacto. De ahí que su vigencia no sea un accidente, sino la consecuencia de un relato manejado con precisión y de una puesta en escena que jamás se vuelve pesada pese a su considerable duración.
Desde esta doble mirada —la emocional y la histórica— la película se revela como una superproducción monumental. Fotografía, música, montaje y dirección artística avanzan al unísono para crear un espectáculo que aún hoy impresiona. Quienes descalifican sus efectos desde los códigos del presente olvidan que, en su momento, fueron revolucionarios. Evaluar una obra sin su contexto es la forma más rápida de no entenderla.
Posee, además, imágenes que han quedado inscritas en la retina del cine: la marabunta de esclavos arrastrando la estatua colosal del faraón bajo un cielo rojizo, con las pirámides al fondo; o la salida de los carros de Ramsés II, flanqueados por interminables estatuas de leones que dominan el encuadre. Ambos momentos condensan el espíritu del film: grandioso, detallista, consciente de su carácter épico.
DeMille toma libertades respecto al texto bíblico, introduciendo romances y subtramas ajenas al original. Pero la ficción, cuando está al servicio del drama, es un recurso legítimo. Nefretiri, interpretada con magnetismo por Anne Baxter, aporta un eje emocional poderoso, igual que el triángulo inventado entre Dathan, Josué y Lilia. Estas licencias no restan autenticidad; al contrario, enriquecen el relato y lo hacen más atractivo para el espectador contemporáneo de su época.
La factura técnica es impecable. La fotografía de Loyal Griggs es soberbia, bañada en colores vibrantes que aportan monumentalidad. La música de Elmer Bernstein —más recordable que sobresaliente en términos estrictos— se integra de forma inseparable en la película, envolviéndola en solemnidad. El reparto brilla con una autoridad indiscutible: Charlton Heston encarna a Moisés con la firmeza que exige el mito; Yul Brynner ofrece un Ramsés imponente; Edward G. Robinson convierte a Dathan en un villano memorable; e Yvonne De Carlo dota a Sephora de una humanidad íntima y serena.
Y no podría dejarse de lado la voz en off, uno de los grandes aciertos del film: solemne, poética, cargada de un dramatismo que hoy parecería excesivo y que, sin embargo, define su esencia.
Setenta años después, Los diez mandamientos sigue en pie, resistente frente a una evolución tecnológica abismal. Quien no es capaz de valorar su vigencia difícilmente se enfrenta a ella con una mirada justa; quizá pesa más cierta animadversión hacia DeMille que un análisis cinematográfico honesto. Porque lo cierto es que la película, más allá de credos y debates, permanece como lo que siempre fue: un clásico inagotable.


Cine gran espectáculo, con unos efectos visuales que en su época eras deslumbrantes y hoy día siguen impactando sobre todo la obertura de las aguas. Los actores fabulosos y la dirección de Cecil B. De Mille magistral, nunca pierde el sentido del ritmo. Por cierto como curiosidad, Woody Strode, el mítico Sargento Negro, aparece en el film y no con un papel, sino con dos; el primero es un rey etíope y en el segundo es uno de los escoltas de Nina Foch durante las plagas de Egipto.
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