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RUPERT EVERETT SE ARREPIENTE DE HABER BUSCADO TENER EL CUERPO PERFECTO.
Durante décadas, la industria del cine ha convertido la apariencia física en una herramienta de trabajo casi tan importante como el talento interpretativo. Pocos conocen mejor esa realidad que el actor británico Rupert Everett, quien ha hablado abiertamente sobre las consecuencias que, según asegura, le ha dejado la obsesión por mantener una determinada imagen corporal a lo largo de su carrera.
El intérprete reconoce que las rutinas de entrenamiento que siguió durante años para adaptarse a ciertos personajes terminaron pasándole una factura considerable. Según explicó recientemente, el esfuerzo continuado por desarrollar musculatura sin prestar atención a aspectos fundamentales como la flexibilidad o el cuidado de los tendones acabó provocándole problemas físicos que todavía arrastra. De hecho, no dudó en describir su situación actual con una frase contundente: se siente “casi inválido” debido a aquellas decisiones tomadas durante su etapa profesional más intensa.
Everett recuerda que el gimnasio ocupó una parte importante de su vida durante años, aunque admite que evitaba sistemáticamente los ejercicios menos vistosos. Los estiramientos, esenciales para prevenir lesiones y mantener la movilidad, le parecían tediosos y prescindibles. Con el paso del tiempo, aquella falta de atención acabó generando tensiones acumuladas en su sistema musculoesquelético, una circunstancia que hoy considera determinante en sus problemas físicos.
Las declaraciones del actor han vuelto a poner el foco sobre las exigencias estéticas que han marcado históricamente Hollywood. Aunque el debate suele centrarse con frecuencia en la presión que soportan las actrices, Everett recuerda que los hombres tampoco han escapado de una industria cada vez más fascinada por los cuerpos esculpidos y las transformaciones extremas.
Curiosamente, antes de someterse a exigentes programas de entrenamiento, el actor encontró una solución mucho más sencilla para aparentar una constitución atlética. En sus primeros años de carrera recurrió a prótesis diseñadas por especialistas londinenses que le permitían modificar distintas partes de su anatomía. Hombros, pantorrillas e incluso el trasero formaban parte de un elaborado sistema que utilizó en diversos rodajes.
Según relató, aquellas piezas artificiales pasaban desapercibidas para la mayoría de los equipos de producción. Everett acudía a las pruebas de vestuario con ellas ya colocadas, evitando así revelar el truco a directores y responsables de casting.
La trayectoria del actor, que comenzó a ganar notoriedad en la década de los ochenta gracias a películas como Another Country y Dance with a Stranger, alcanzó una dimensión internacional cuando compartió pantalla con Julia Roberts en La boda de mi mejor amigo. Más adelante consolidaría su popularidad con títulos como Un marido ideal o The Next Best Thing, junto a Madonna.
Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, Everett contempla aquella búsqueda de la imagen perfecta con cierta ironía, pero también como una advertencia sobre los costes que pueden esconderse detrás de los estándares físicos que durante tantos años han dominado el mundo del espectáculo. Una reflexión que va más allá de su caso particular y que invita a replantear hasta qué punto el aspecto exterior puede llegar a condicionar una carrera profesional.
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Actor de cierto prestigio en su época de mayor gloria, donde compagino el cine mas de autor con el comercial. Durante un tiempo le salió bien la operación, luego paulatinamente fue desapareciendo.
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