MEL BROOKS, CIEN AÑOS RIÉNDOSE DE TODO, INCLUSO DE LA MUERTE
Pocos artistas han demostrado con tanta convicción que el humor puede ser un arma tan poderosa como cualquier discurso serio. Mel Brooks cumple cien años convertido en una de las figuras imprescindibles de la comedia moderna, un creador que transformó la parodia en una forma de entender el mundo y que ha pasado toda una vida desafiando a la solemnidad con una carcajada. Su receta para alcanzar el siglo de vida sigue siendo tan sencilla como inconfundible: "No morir", suele responder con su inagotable sentido del humor cuando le preguntan por el secreto de su longevidad.
Esa irreverencia ha acompañado toda su carrera. Brooks siempre ha defendido que la risa representa una forma de plantar cara a lo inevitable. Para él, hacer reír nunca fue un simple entretenimiento, sino una respuesta frente a la tragedia, una manera de enfrentarse a la muerte y a las dificultades de la existencia. Una filosofía que impregnó toda su obra y que terminó convirtiéndolo en un referente absoluto de varias generaciones.
Nacido en Brooklyn en 1926 con el nombre de Melvin James Kaminsky, su infancia estuvo marcada por la adversidad. Perdió a su padre siendo apenas un bebé y creció junto a su madre y sus tres hermanos mayores en una familia de recursos muy limitados. Aquellas dificultades no apagaron su deseo de convertirse en artista. Al contrario, desde muy joven descubrió que tenía facilidad para captar la atención de quienes le rodeaban y entendió que el humor podía abrirle puertas.
Antes de conquistar Hollywood, trabajó como camarero mientras actuaba como monologuista en los complejos turísticos de Catskill, un auténtico vivero de cómicos estadounidenses. Aquellas primeras actuaciones le sirvieron para dar el salto a la televisión, donde comenzó a escribir para programas de variedades bajo la tutela del legendario Sid Caesar, una de las grandes figuras que marcarían su formación.
Su primer gran fenómeno popular llegó en la pequeña pantalla con Superagente 86, la inolvidable serie creada junto a Buck Henry que convirtió el espionaje de la Guerra Fría en una sucesión de situaciones disparatadas protagonizadas por el inolvidable Maxwell Smart y la Agente 99. Aquella mezcla de ingenio, sátira y absurdo se convirtió en un éxito internacional y consolidó el estilo que definiría toda su carrera.
Sin embargo, fue el cine el que terminó elevándolo definitivamente. Su debut como director y guionista con Los productores sorprendió por atreverse a convertir el nazismo en objeto de burla, una propuesta provocadora que terminó conquistando a la Academia con el Oscar al mejor guion original. Décadas después, aquella misma historia volvió a triunfar convertida en musical de Broadway, donde estableció un récord histórico al conquistar doce premios Tony.
A partir de entonces encadenó una colección de títulos convertidos hoy en clásicos de la comedia. Desde el western de Sillas de montar calientes hasta la inolvidable El jovencito Frankenstein, pasando por sus delirantes homenajes a Hitchcock, Robin Hood o el universo de Star Wars, Brooks encontró siempre una manera de desmontar los grandes géneros cinematográficos desde el respeto, pero también desde la irreverencia más absoluta. Su parodia galáctica, La loca historia de las galaxias, sigue siendo una obra de culto y regresará a la gran pantalla con una esperada continuación prevista para 2027.
Aunque el público lo identifica sobre todo con la comedia, Brooks también dejó una huella inesperada como productor. A través de Brooksfilms respaldó proyectos muy alejados de su habitual tono humorístico, apostando por películas tan importantes como El hombre elefante, dirigida por David Lynch, además de participar en producciones como La mosca, Frances o Mi año favorito, demostrando un olfato extraordinario para descubrir y apoyar grandes historias.
Su creatividad tampoco se limitó al cine y la televisión. Grabó numerosos discos de humor que le proporcionaron varios premios Grammy y acabó formando parte del exclusivo club de artistas que han conseguido los cuatro grandes galardones del espectáculo estadounidense: Emmy, Grammy, Oscar y Tony, un reconocimiento reservado a muy pocos nombres de la historia.
Los homenajes se han sucedido durante las últimas décadas. En Hollywood dejó inmortalizadas las huellas de sus manos y pies frente al histórico Teatro Chino, aunque incluso ese acto solemne lo convirtió en una broma utilizando una prótesis con seis dedos. Más tarde recibiría de manos del presidente Barack Obama la Medalla Nacional de las Artes, otro reconocimiento a una trayectoria irrepetible.
A sus cien años continúa vinculado al mundo del espectáculo con el apoyo de sus cuatro hijos. Tras un primer matrimonio con Florence Baum, encontró junto a la actriz Anne Bancroft el gran amor de su vida, compartiendo con ella cuarenta y cinco años de matrimonio hasta el fallecimiento de la intérprete en 2005.
Mel Brooks llega al siglo de vida habiendo demostrado que la comedia puede ser mucho más que una sucesión de chistes. Su legado confirma que la risa también sirve para cuestionar el poder, desafiar los tabúes y recordar que incluso en los momentos más oscuros siempre existe espacio para el ingenio. Una lección que, cien años después de su nacimiento, sigue tan vigente como el primer día.

Durante los años 70 y 80 fue su mayor apogeo, pero su obra maestra será El jovencito Frankenstein, ¡¡¡ Ojala que pueda cumplir muchos años mas !!!
ResponderEliminar