EL SUEÑO CINEMATOGRÁFICO DE ROCÍO JURADO QUE NUNCA LLEGÓ A BRILLAR COMO SU VOZ

 EL SUEÑO CINEMATOGRÁFICO DE ROCÍO JURADO QUE NUNCA LLEGÓ A BRILLAR COMO SU VOZ

Pocas artistas han dejado una huella tan profunda en la música española como Rocío Jurado. Su poderosa voz la convirtió en un fenómeno internacional capaz de vender más de 20 millones de discos, acumular centenares de certificaciones de oro y platino y recibir en Nueva York el reconocimiento como la 'Voz del Milenio'. Sin embargo, existía otra meta que siempre ocupó un lugar especial entre sus aspiraciones: conquistar el cine con la misma fuerza con la que había dominado los escenarios.

Aunque nunca alcanzó en la gran pantalla el nivel de éxito que logró como cantante, la artista de Chipiona dejó una filmografía breve pero muy representativa de una época. A lo largo de tres décadas participó en cinco largometrajes españoles, una producción para Televisión Española y cuatro películas realizadas en Argentina para televisión, construyendo un recorrido que mezcló musicales, melodramas y comedias populares.

La periodista Machús Osinaga analiza esa faceta menos conocida de la artista en La voz que nos hizo sentir libres, una obra colectiva publicada por la editorial Dos Bigotes. En ella sostiene que Rocío proyectaba ante la cámara la misma personalidad arrolladora que la convirtió en un icono de la canción: intensa, teatral, apasionada y capaz de combinar tradición y modernidad con absoluta naturalidad. Aun así, el reconocimiento cinematográfico nunca llegó a equipararse al enorme prestigio que obtuvo en la música.

Su primera aparición en el cine se produjo cuando apenas tenía veinte años. Fue en Los guerrilleros (1963), dirigida por Pedro Luis Ramírez y protagonizada por Manolo Escobar. Allí interpretaba a una joven enamorada del héroe de la historia mientras aprovechaba la película para dar voz a varias canciones que terminarían formando parte de su repertorio más recordado, entre ellas Rosa y aire y Sus ojos, ambas compuestas por Juan Solano.

Tres años más tarde recibió la oportunidad de encabezar por primera vez un reparto con Proceso a una estrella. Bajo la dirección de Rafael J. Salvia, daba vida a una famosa cantante acusada del asesinato de su compañero artístico. El filme mezclaba intriga judicial y números musicales, aunque ni la crítica ni la propia Rocío quedaron satisfechas con el resultado. La cantante confesó tiempo después que habría afrontado el personaje con mucha más intensidad emocional y lamentó no haber podido mostrar todo lo que creía capaz de ofrecer como actriz dramática.

Mucho más cómoda se sintió durante el rodaje de Una chica casi decente (1971), una comedia dirigida por Germán Lorente en la que compartía protagonismo con un grupo de pequeños estafadores encabezados por su padre en la ficción. La película aprovechaba la imagen pública de Rocío para presentar a una mujer moderna, atrevida y con un punto de rebeldía que encajaba perfectamente con la transformación social que comenzaba a vivirse en España. No era casualidad. Durante aquellos años, sus estilismos y sus pronunciados escotes habían provocado continuos enfrentamientos con la censura franquista, aunque ella siempre dejó claro que nunca tuvo intención de sumarse al cine de destape más explícito.

Ese equilibrio entre provocación y elegancia volvió a estar presente en La querida (1976), dirigida y coprotagonizada por Fernando Fernán Gómez. En esta ocasión interpretaba a una cantante cuya carrera estaba marcada por una intensa relación sentimental con un compositor alcohólico. El filme sorprendió por incorporar escenas de desnudo que desafiaban los límites permitidos en la España de la época y se convirtió en una de las propuestas más arriesgadas de su carrera cinematográfica. Además, aquella producción tuvo otra consecuencia decisiva para la artista: fue el trabajo en el que conoció al compositor Manuel Alejandro, autor de algunas de las canciones que acabarían definiendo para siempre su trayectoria, como Se nos rompió el amor, Ese hombre o Señora.

Después de aquella experiencia, Rocío permaneció diecisiete años alejada de los platós de cine. Su regreso llegó en 1993 con La Lola se va a los puertos, dirigida por Josefina Molina y basada en la célebre obra de los hermanos Antonio y Manuel Machado. La cantante asumía el papel de una cantaora libre e independiente que despertaba pasiones allá por donde pasaba, acompañada en pantalla por Paco Rabal y Pepe Sancho.

Para Machús Osinaga, difícilmente podía encontrarse una intérprete más adecuada para encarnar a esa nueva Lola. Rocío Jurado había trabajado durante toda su carrera para renovar la imagen de la copla y alejarla de los prejuicios heredados del franquismo, aportándole una sensibilidad mucho más contemporánea. Esa madurez artística quedó reflejada en una interpretación de la que la propia cantante siempre se mostró especialmente orgullosa.

Aquella película terminó siendo su despedida del cine. A partir de entonces decidió concentrar todos sus esfuerzos en la música, una carrera que solo se vio interrumpida cuando anunció públicamente, en 2004, que padecía un cáncer de páncreas. Falleció en junio de 2006, pero su figura no dejó de crecer tras su desaparición. Convertida ya en una de las grandes leyendas de la cultura popular española, su legado continúa muy presente gracias al trabajo de su hija Rocío Carrasco y a nuevos proyectos audiovisuales, entre ellos un biopic rodado parcialmente en Chipiona y la serie documental La más grande, que vuelven a reivindicar la dimensión artística de una mujer que soñó con triunfar en el cine tanto como lo hizo sobre los escenarios.



Comentarios

  1. Una carrera en el cine no muy prolifera, y en mi caso ninguna pelicula he visto de ella.

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