LA RIVALIDAD ENTRE MERYL STREEP Y GOLDIE HAWN EN "LA MUERTE OS SIENTA TAN BIEN".
El regreso de ciertos títulos parece responder más a una inercia industrial que a una necesidad creativa, pero de vez en cuando surge una excepción que, sin romper el molde, al menos lo dignifica. Es el caso de El diablo viste de Prada 2, una de esas secuelas-legado que llegan rodeadas de escepticismo… y que, contra todo pronóstico, encuentran cierto equilibrio entre nostalgia y continuidad. No reinventa nada, pero tampoco traiciona lo que fue. Y eso, hoy, ya es mucho.
El mayor acierto es evidente: el reencuentro de su reparto. Meryl Streep vuelve a enfundarse en la piel de Miranda Priestly con la misma precisión glacial que convirtió al personaje en un icono cultural. A su lado, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci recuperan esa química que ya no pertenece solo a la película original, sino al imaginario colectivo. Hay algo casi ritual en verlos compartir plano otra vez, como si el tiempo no hubiera pasado del todo.
Sin embargo, hablar de Streep es abrir un archivo mucho más amplio. Miranda Priestly es una cima, sí, pero no un caso aislado. Su carrera está construida sobre una galería de personajes que han sobrevivido a sus propias películas. Y entre ellos, inevitablemente, aparece Madeline Ashton, la diva egocéntrica y desesperada de La muerte os sienta tan bien, una comedia negra que con los años ha adquirido ese estatus casi místico de clásico de culto.
Dirigida por Robert Zemeckis, aquella película reunía a un trío imposible: Streep, Goldie Hawn y Bruce Willis, orbitando en torno a una historia donde la vanidad y la inmortalidad se daban la mano en clave de sátira grotesca. Lo curioso es que, más allá del delirio narrativo y de unos efectos especiales tan innovadores como extenuantes para la época, lo que ha perdurado es la energía entre sus protagonistas.
Con el paso de los años, ese rodaje se ha ido transformando en recuerdo, y el recuerdo en anécdota. Streep ha evocado recientemente su relación con Hawn con una mezcla de ironía y afecto: pequeños roces, diferencias de carácter, nada que no ocurra cuando dos presencias tan marcadas comparten espacio. La puntualidad casi obsesiva de una frente al caos encantador de la otra. Hawn llegando tarde en su descapotable, desarmando cualquier reproche con una sonrisa. Streep observando, quizá irritada, pero incapaz de no reconocer el magnetismo de su compañera.
Lo interesante no es el conflicto —mínimo, casi anecdótico—, sino lo que revela: dos formas distintas de habitar el cine. Una más estructurada, otra más intuitiva. Y, sin embargo, perfectamente compatibles. Porque al final, como suele ocurrir, lo que queda no es la fricción, sino la complicidad. Una amistad que ha sobrevivido al paso del tiempo y que ambas recuerdan con humor.
También hay un detalle revelador en ese recuerdo: Streep no habla tanto de las escenas como del ambiente. De las risas incontenibles de Hawn que obligaban a detener el rodaje, de esa ligereza que contrastaba con la complejidad técnica de una película pionera en efectos digitales. Porque si algo define a La muerte os sienta tan bien es precisamente esa dualidad: un artefacto sofisticado en lo técnico, pero profundamente juguetón en lo interpretativo.
Quizá por eso sigue viva. Porque más allá de sus trucajes —que en su día fueron revolucionarios y hoy tienen un encanto casi artesanal—, lo que permanece es el pulso humano que hay detrás. Ese mismo que ahora, décadas después, vuelve a asomar en El diablo viste de Prada 2: la sensación de que, a veces, el cine no se sostiene solo por lo que cuenta, sino por quién lo habita.
Y ahí, en ese territorio donde el talento se convierte en memoria, Meryl Streep sigue siendo, sencillamente, irrepetible.

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