LA DIRECTOR'S CUT DE "GREMLINS" QUE SOLO UNOS POCOS HAN VISTO.

 LA DIRECTOR'S CUT DE "GREMLINS" QUE SOLO UNOS POCOS HAN VISTO.

Durante una noche casi clandestina en Los Ángeles, un reducido grupo de cineastas, guionistas y productores fue convocado a una proyección con un reclamo irresistible: asistir a una película que, en cierto modo, nunca había existido para el público. No era un estreno, ni un montaje alternativo oficial, sino algo mucho más extraño: una versión primitiva, inacabada y rescatada del olvido de Gremlins, el clásico dirigido por Joe Dante.

Lo que se proyectó aquella noche del 30 de abril no se parecía del todo a la película que el espectador cree conocer. Con una duración de dos horas y treinta y cinco minutos —muy por encima del metraje estrenado en 1984—, este montaje preliminar abría una ventana a un proceso creativo aún en ebullición. Durante años se había especulado con la existencia de este material, pero muchos lo daban por perdido, como tantas otras reliquias del cine analógico.

La clave de su recuperación reside en un gesto casi arqueológico. El propio Dante conservaba dos viejas cintas VHS que contenían un ensamblaje temprano de la película, junto a fragmentos descartados. Aquellas grabaciones, deterioradas por el tiempo, acabaron en manos de Ian Grant, coleccionista y responsable de un museo dedicado a estas criaturas en Seattle. Su trabajo no fue tanto el de un montador como el de un restaurador: limpiar el ruido, estabilizar la imagen, recomponer un cuerpo fílmico que, aun lleno de imperfecciones, pudiera volver a respirarse.

El resultado no es una versión “mejor” ni definitiva, sino algo más fascinante: un documento vivo. Un Gremlins más largo, más irregular, más crudo. Hay escenas que se estiran, otras que parecen esbozos, diálogos sin pulir y silencios invadidos por el zumbido magnético del VHS. Y, sin embargo, en esa fragilidad se revela otra película posible.

El recorrido por Kingston Falls adquiere aquí un peso distinto. El personaje de Billy, interpretado por Zach Galligan, se presenta con mayor amplitud, casi como si el film quisiera demorarse en su rutina antes de desatar el caos. También emergen con más fuerza figuras secundarias como la temida señora Deagle o el ambicioso Gerald, ampliando la red social del pueblo y haciendo más tangible su equilibrio inicial.

Pero si algo cambia de forma notable es el comportamiento de las criaturas. Los mogwai y los gremlins ganan presencia, tiempo en pantalla y matices. Algunas secuencias largamente rumoreadas —como tomas completas de los mogwai desplazándose— aparecen por fin, mientras que el estallido de violencia y anarquía se prolonga en escenarios como el bar o el cine. El tono oscila con más brusquedad entre lo macabro y lo cómico: desde momentos más agresivos hasta pequeños gags casi absurdos, como ese instante en que el villano Stripe se detiene, desconcertado, ante un ruido nocturno tan humano como inesperado.

Quizá uno de los detalles más llamativos sea una ausencia: el célebre monólogo navideño de Kate, interpretada por Phoebe Cates, aún no formaba parte de esta versión. Un recordatorio de cómo incluso los elementos más icónicos pueden surgir en fases tardías del proceso creativo.

El pase, concebido como un evento puntual y cuidadosamente controlado, no abre de momento la puerta a una distribución pública. Los derechos siguen en manos de Warner Bros. y Amblin Entertainment, lo que limita cualquier posibilidad de exhibición más allá de sesiones especiales autorizadas. Aun así, no se descarta que este material acabe viendo la luz en futuras ediciones domésticas o como complemento a nuevos proyectos.

Y es que el futuro de la saga ya está en marcha. Una tercera entrega, prevista para 2027, aspira a reactivar el universo creado en los años ochenta, esta vez con Chris Columbus —autor del libreto original— al frente de la dirección. Mientras tanto, esta versión fantasma de Gremlins funciona como una cápsula del tiempo: imperfecta, ruidosa y fascinante, donde el cine aún no ha terminado de decidir qué quiere ser.



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