HACE 50 AÑOS TRIUNFARON EN TAQUILLA
LA NARANJA MECANICA – La provocación que llegó con
retraso
Cuando la España de la Transición empezaba a
abrir sus salas a un cine más atrevido, una película llevaba años
esperando su momento. La obra de Stanley Kubrick, adaptación de la
novela de Anthony Burgess, había causado escándalo en medio mundo,
pero aquí su llegada fue lenta, casi clandestina.
El
primer contacto importante se produjo en la Seminci de Valladolid,
donde la expectación fue enorme. Las colas rodeaban el edificio
durante horas, y la organización tuvo que lidiar con protestas,
presiones y debates sobre censura. La legislación recién suavizada
permitía desnudos si eran justificados por la historia, pero la
violencia estilizada de La naranja mecánica incomodaba a muchos.
El
estreno comercial en Madrid en 1975 fue limitado: versión original
subtitulada, salas de arte y ensayo con aforo reducido. Solo en 1980
se vería doblada al castellano. Aun así, más de cinco millones de
espectadores terminaron descubriendo la odisea del inquietante Alex
DeLarge, interpretado por Malcolm McDowell.
La película
planteaba una pregunta incómoda: ¿puede el Estado erradicar la
violencia sin destruir la libertad individual? En su distopía
futurista, los experimentos de condicionamiento psicológico parecían
más crueles que los crímenes que pretendían evitar.
Kubrick
recibió críticas feroces en su momento, pero el tiempo convirtió
la obra en clásico. En España, además, tuvo un significado
especial: simbolizaba el acceso a un cine sin filtros, sin cortes,
sin silencios impuestos.
Ver La naranja mecánica en
aquellos años no era solo asistir a una película. Era, para muchos,
la sensación de que el cine —como el país— estaba cambiando
para siempre.

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