EL OJO CRITICO.
ZERO (2024)
REPARTO: HUS MILLER, CAM McHARG, GARY DOURDAN, ROGER SALLAH, MORAN ROSENBLATT, ANNABELLE LENGRONNE, ANGELIQUE MENDES
DIRECTOR: JEAN LUC HERBULOT
MÚSICA: JAMES EDJOUMA
PRODUCTORA: WELL GO UNA ENTERTAINMENT
DURACIÓN: 88
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
En Zero, Jean-Luc Herbulot se mueve con una energía nerviosa, casi febril, como si la película estuviera a punto de estallar en cada escena. No es un relato cómodo ni pretende serlo: desde sus primeros compases deja claro que el espectador no va a encontrar un refugio narrativo tradicional, sino una experiencia que juega constantemente con la tensión, el desconcierto y la sensación de peligro inminente.
Herbulot construye un thriller que parece alimentarse del caos contemporáneo. La historia —aparentemente sencilla en su punto de partida— se retuerce a medida que avanza, despojándose de certezas y abrazando una lógica más visceral que racional. Lo interesante no es tanto lo que ocurre, sino cómo se percibe: la película está diseñada para sentirse, más que para explicarse. Y ahí es donde radica su principal virtud… y también su mayor riesgo.
El montaje, fragmentado y punzante, funciona como un latido acelerado que marca el ritmo de la narración. Cada corte parece querer descolocar, romper la continuidad, obligar al espectador a recomponer lo que ve. En algunos momentos esa estrategia resulta hipnótica, generando una atmósfera opresiva que atrapa sin remedio; en otros, sin embargo, roza la saturación, como si la película dudara de su propia capacidad para sostener la tensión sin recurrir al artificio constante.
Visualmente, Zero apuesta por una estética cruda, casi abrasiva. Los encuadres no buscan belleza, sino impacto. Hay una sensación de urgencia en cada plano, como si todo estuviera ocurriendo demasiado rápido para ser asimilado con calma. Esa elección formal encaja con el discurso de fondo: un mundo donde las estructuras se desmoronan y la identidad se vuelve difusa, inestable, resbaladiza.
El trabajo interpretativo se integra en esa misma lógica. Los personajes no están pensados para ser completamente comprendidos, sino para ser intuidos. Se mueven en una zona gris donde las motivaciones nunca terminan de aclararse del todo, lo que contribuye a reforzar esa atmósfera de incertidumbre permanente. Es una decisión coherente con la propuesta, aunque puede generar distancia emocional en ciertos tramos.
Herbulot demuestra un pulso firme a la hora de manejar la tensión, pero también deja ver cierta tendencia a la reiteración. La película insiste tanto en su propio lenguaje que, por momentos, corre el riesgo de volverse previsible dentro de su aparente imprevisibilidad. Aun así, cuando funciona, lo hace con una intensidad poco común.
El resultado es una obra incómoda, fragmentaria y, en cierto modo, desafiante. No busca agradar ni ofrecer respuestas claras, sino provocar una reacción, sacudir. Y aunque no todas sus piezas encajan con la misma precisión, el conjunto posee una identidad fuerte, casi obstinada. Una de esas películas que no se dejan domesticar fácilmente y que, precisamente por eso, permanecen dando vueltas en la cabeza mucho después de que la pantalla se haya apagado.


Pelicula mala, que a pesar de contener una critica social y política, se hace cargante, en parte por el poco carisma de sus protagonistas y la falta de tensión que podría generar el argumento del film.
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