EL OJO CRITICO. TURBULENCIAS (2025)

 EL OJO CRITICO.


TURBULENCIAS (2025)

REPARTO: HERA HILMAR, JEREMY IRVINE, KELSEY GRAMMER, OLGA KURYLENKO, PETER GANTZLER, ARIANNA CALGARO, ALESSANDRO DE COMINATO, TRISH WILLIAMS

DIRECTOR: CLAUDIO FAH 

MÚSICA: MARCUS TRUMPP 

PRODUCTORA: LIONSGATE 

DURACIÓN: 96 min.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS, REINO UNIDO

Desde tiempos inmemorable hemos tenido thrillers que despegan con una premisa absurda y acaban hundidos en su propia ocurrencia. Turbulencias —Turbulence— hace algo más curioso: toma una idea que roza lo delirante y consigue, durante buena parte de su metraje, extraer de ella una tensión sorprendentemente eficaz. Un globo aerostático suspendido a miles de metros, un matrimonio fracturado, secretos podridos y un intruso dispuesto a convertir el viaje romántico en una pesadilla… dicho así suena casi a broma pulp. Pero la película abraza esa premisa con una seriedad febril que termina jugando a su favor.

Dirigida por Claudio Fäh, la cinta funciona como un thriller de espacio mínimo: una película de asedio suspendida en el aire. Literalmente. Su mejor hallazgo es entender que el globo no es decorado, es prisión. Una cesta de mimbre convertida en campo de batalla psicológico.

Y ahí encuentra una idea potentísima.

Porque Turbulencias no va realmente sobre supervivencia aérea. Va sobre relaciones podridas obligadas a explotar sin escapatoria.

Desde sus primeros compases se percibe un aroma de thriller noventero, de esos que no pedían disculpas por ser retorcidos. Hay ecos de Dead Calm, algo de melodrama criminal, incluso una perversidad de serie B orgullosa de sí misma. Cada revelación empeora las cosas, cada giro vuelve más venenoso el trayecto. La película asciende —como su globo— hacia un territorio casi de pesadilla.

Olga Kurylenko aporta a ese juego una ambigüedad magnética. Nunca es solo víctima, nunca solo detonante. Tiene ese misterio glacial que vuelve peligrosos sus silencios. Y luego está Kelsey Grammer, cuya presencia resulta extrañamente perturbadora. Hay algo fascinante en verlo desplazado de su registro habitual hacia un personaje que parece flotar entre mentor, amenaza y espectro.

Pero quien sostiene la tensión es la propia puesta en escena. Fäh convierte la altura en vértigo moral. El cielo abierto no transmite libertad, transmite pánico. Hay secuencias donde el vacío alrededor del globo se siente más opresivo que una celda.

No todo vuela con la misma elegancia.

Hay momentos donde los giros rozan lo inverosímil, y algunos críticos han señalado precisamente que la película se acerca peligrosamente al disparate, además de un abuso perceptible del artificio visual. Y sí, hay decisiones que exigen entregarse al juego o quedarse fuera.

Pero una vez aceptas su lógica casi delirante… funciona.

Porque no busca realismo. Busca angustia.

Y a ratos la consigue con auténtica mala leche.

Hay una cualidad casi hitchcockiana, deformada y de bajo presupuesto, en ver a personajes atrapados en una caja suspendida donde la confianza se evapora más rápido que el oxígeno. Incluso cuando la película se excede —y se excede con gusto— mantiene una energía nerviosa que la hace difícil de abandonar.

Visualmente, además, tiene imágenes extrañas, casi oníricas, con los Alpes como telón de fondo y ese contraste entre belleza y amenaza que la película explota muy bien. Aunque algunos reprocharon su acabado irregular, esa artificialidad acaba dándole un aire febril, casi de sueño malo.

¿Es una gran obra del thriller? No.

¿Es un artefacto tensísimo, raro y por momentos deliciosamente absurdo? Absolutamente.

Turbulencias tiene algo que muchas producciones más pulidas han perdido: riesgo en el disparate.

Es como si alguien hubiese decidido rodar un noir matrimonial… en una cesta colgando sobre el vacío.

Y, contra pronóstico, el experimento despega.




Comentarios