EL OJO CRITICO.
LO QUE APRENDÍ DE MI PINGUINO (2024)
REPARTO: STEVE COOGAN, JONATHAN PRYCE, BJORN GUSTAFSSON, VIVIAN JABER, RAMIRO BLAS, DAVID HERRERO, HUGO FUERTES MARCIEL, AIMAR MIRANDA, MIGUEL ALEJANDRO SERRANO, ALFONSINA CARROCIO, TOMAS POZZI
DIRECTOR: PETER CATTANEO
MÚSICA: FEDERICO JUSID
PRODUCTORA: NOSTROMO PICTURES
DURACIÓN: 112 min.
PAÍS: REINO UNIDO, ESPAÑA
En Lo que aprendí de mi pingüino, Peter Cattaneo se aleja de la estridencia para abrazar una historia de apariencia mínima, pero cargada de una calidez que se filtra poco a poco, casi sin que uno se dé cuenta. No es una película que golpee, sino una que se posa —como el propio animal que la titula— con una delicadeza inesperada sobre el ánimo del espectador.El relato sigue a un hombre en crisis que, en el momento más improbable, encuentra en un pingüino algo más que compañía: un espejo emocional. Podría parecer un punto de partida cercano a la fábula ligera o incluso al sentimentalismo fácil, pero Cattaneo esquiva ese terreno con una puesta en escena contenida, casi pudorosa. La cámara observa más que subraya, y ahí reside buena parte de su acierto. La relación entre humano y animal no se construye a base de grandes gestos, sino de silencios compartidos, de rutinas pequeñas que, acumuladas, terminan adquiriendo un peso inesperado.
La película se sostiene sobre un equilibrio delicado: el de no caer en la caricatura ni en la manipulación emocional. Y lo logra, en gran medida, gracias a un guion que entiende que el duelo, la soledad y la necesidad de afecto no siempre se expresan con palabras. El pingüino, lejos de ser un simple recurso simpático, funciona como catalizador de un proceso interno. No habla, no “actúa” en el sentido convencional, pero su presencia transforma todo lo que le rodea.
Cattaneo, conocido por su habilidad para mezclar humor y humanidad, aquí opta por un tono más introspectivo, aunque sin renunciar a destellos de ironía que alivian la carga dramática. Es en esos momentos donde la película respira mejor: cuando se permite ser extraña, incluso un poco absurda, sin perder su anclaje emocional.
Visualmente, el film apuesta por una estética sobria, con encuadres que privilegian la cercanía y la observación. No busca deslumbrar, sino acompañar. Esa decisión puede desconcertar a quien espere un relato más dinámico, pero encaja perfectamente con el ritmo interno de la historia, que avanza como lo hacen ciertas heridas: despacio, casi en silencio.
El resultado es una obra que no pretende ser grandilocuente, pero que termina dejando una huella persistente. No todas sus decisiones son igual de precisas —en algunos tramos el metraje parece alargarse más de lo necesario—, pero incluso en sus vacilaciones mantiene una honestidad poco frecuente.
Al final, lo que queda no es tanto la anécdota del pingüino como la sensación de haber asistido a un proceso íntimo, casi secreto. Una de esas películas que no buscan imponerse, sino quedarse. Y lo consiguen.


Una pelicula sencilla donde la presencia de un pingüino a los personajes que se mueven entorno a él, consiguen ser mas personas y recuperar valores perdidos. Igualmente en ella se puede apreciar un claro mensaje político contra una dictadura que hizo mucho daño a la población argentina de la época, y que hoy día las desapariciones de muchos de sus ciudadanos, sigue siendo un caso sin resolver. Muy buena.
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