EL CINE DE LOS AÑOS 70. FRANKENSTEIN Y EL MONSTRUO DEL INFIERNO (1974)

  EL CINE DE LOS AÑOS 70.


FRANKENSTEIN Y EL MONSTRUO DEL INFIERNO (1974)

REPARTO: PETER CUSHING, SHANE BRIANT, DAVID PROWSE, MADELINE SMITH, JOHN STRATTON, PHILIP VOSS, PATRICK TROUGHTON, NORMAN MITCHELL, CHARLES FLOYD PACK, CLIFFORD MOLLISON

DIRECTOR: TERENCE FISHER 

MÚSICA: JAMES BERNARD 

PRODUCTORA: HAMMER PRODUCTIONS, PARAMOUNT PICTURES 

DURACIÓN: 93 min.

PAÍS: REINO UNIDO

The Beast Must Die —conocida en España como El monstruo del infierno— pertenece a esa clase de cine de terror británico que parece construido entre la elegancia decadente y el delirio más entrañable. A mediados de los años setenta, cuando el horror clásico de la Hammer Film Productions comenzaba a agonizar frente a un cine mucho más salvaje y moderno, la película apareció como un extraño híbrido entre novela de misterio, relato gótico y serie B licántropa. Y en medio de todo, la presencia inmensa de Peter Cushing vuelve a elevar el material muy por encima de sus limitaciones.

La premisa es deliciosa en su simplicidad: un millonario excéntrico reúne a varias personas en una mansión aislada convencido de que una de ellas es un hombre lobo. A partir de ahí, el filme adopta la estructura clásica del “¿quién es el monstruo?”, jugando constantemente con las sospechas, las miradas incómodas y las tensiones soterradas entre personajes. Pero lo interesante no es tanto descubrir la identidad de la criatura como disfrutar del ambiente enfermizo que se va instalando lentamente.

La mansión donde transcurre casi toda la acción parece atrapada fuera del tiempo. Todo en ella desprende una sensación de lujo decadente, como si las paredes llevaran años absorbiendo secretos y violencia. La fotografía envuelve las escenas en tonos oscuros y enfermizos, mientras la niebla y los exteriores nocturnos refuerzan esa atmósfera clásica del terror británico que tan bien sabía explotar el cine de la época.

En el centro de todo aparece Peter Cushing, moviéndose con esa mezcla de elegancia y fragilidad que convirtió su rostro en uno de los más icónicos del fantástico europeo. Incluso cuando el guion roza lo absurdo o algunas escenas muestran claramente las costuras del presupuesto, Cushing mantiene intacta la dignidad del relato. Basta una mirada suya o una pausa en su voz para devolverle gravedad a la historia.

Uno de los aspectos más peculiares de The Beast Must Die es su voluntad casi juguetona de convertir al espectador en detective. La película incluso introduce un famoso “Werewolf Break”, un momento en el que se detiene la narración para invitar al público a descubrir quién es la criatura antes de la revelación final. Hoy puede parecer una ocurrencia ingenua, pero precisamente esa clase de detalles le otorgan una personalidad entrañable y profundamente distinta al terror contemporáneo.

Por supuesto, algunos elementos han envejecido de forma irregular. El maquillaje del monstruo, ciertos diálogos exagerados y algunas interpretaciones secundarias poseen ese sabor artesanal tan propio de la serie B setentera. Pero lejos de perjudicarla, esa textura imperfecta aumenta su encanto. La película jamás intenta ser realista; funciona más bien como una pesadilla teatral donde todo resulta ligeramente exagerado, casi febril.

Lo más fascinante es comprobar cómo el filme captura el final de una era. Mientras el cine de terror avanzaba hacia propuestas mucho más violentas y explícitas, El monstruo del infierno seguía apostando por la sugerencia, el misterio y el placer de construir tensión a través de las sombras y las sospechas. Es un cine que todavía cree en las mansiones aisladas, en los monstruos clásicos y en actores capaces de sostener una película únicamente con presencia.

Vista hoy, The Beast Must Die conserva el aroma de las historias contadas junto al fuego en una noche tormentosa. Puede que no sea la película más sofisticada del terror británico, pero sí una de esas obras extrañas y encantadoras que recuerdan por qué los monstruos clásicos nunca terminan de desaparecer.



Comentarios

  1. Lord Vader en este film es la nueva criatura del Baron Victor Frankenstein, perturbadora y atractiva a la vez. Muy reivindicable.

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