EL CINE DE LOS AÑOS 70.
EL KARATE, EL COLT Y EL IMPOSTOR (1974)
REPARTO: LEE VAN CLEEF, LO LIEH, PATTY SHEPARD, JULIAN UGARTE, KAREN YEH, FEMI BENUSSI, ERIKA BLANC, RICARDO PALACIOS, MANUEL DE BLAS, GOYO PERALTA, GEORGE RIGAUD, BARTA BARRI
DIRECTOR: ANTHONY M. DAWSON
MÚSICA: CARLO SAVINA
PRODUCTORA: SHAW BROTHERS, COLUMBIA PICTURES
DURACIÓN: 100 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS, HONG KONG, ITALIA, ESPAÑA
Entre el polvo, la pólvora y los ecos de un spaghetti western que ya empezaba a mutar hacia territorios más híbridos, El karate, el colt y el impostor se presenta como una rareza fascinante: una película que no termina de decidir si quiere ser un western clásico, una comedia de enredo o una extravagancia marcial importada del cine asiático. Y en esa indecisión, curiosamente, encuentra buena parte de su encanto.
El rostro curtido de Lee Van Cleef domina la pantalla con esa mezcla de amenaza contenida y elegancia seca que convirtió su mirada en un icono del género. Aquí, sin embargo, su presencia parece jugar a dos bandas: por un lado, encarna al pistolero implacable que el espectador reconoce; por otro, se ve envuelto en una trama que coquetea con lo absurdo, casi parodiando el propio universo que ayudó a construir años atrás. El resultado es un contraste curioso, a veces desconcertante, pero difícil de apartar la vista.
La película avanza como una sucesión de encuentros improbables, donde el duelo al sol convive con coreografías de combate que parecen llegadas de otro continente. Ese mestizaje, lejos de ser fluido, genera una sensación constante de extrañeza. No es un defecto en sí mismo, sino más bien una declaración de intenciones: estamos ante un producto de su tiempo, cuando el western europeo buscaba reinventarse a base de injertos genéricos, intentando sobrevivir a su propia saturación.
Visualmente, el filme conserva la aspereza del western italiano: paisajes áridos, encuadres tensos, silencios que pesan. Pero cada vez que la narrativa se inclina hacia el humor o la acción más estilizada, la película rompe su propia atmósfera, como si dudara de su identidad. Esa fractura tonal es, a la vez, su debilidad y su rasgo más distintivo.
Lo más interesante surge precisamente en esos momentos en los que todo parece descolocarse. La figura del impostor —clave en el título— introduce una capa de ironía que subvierte el mito del pistolero invencible. Nadie es exactamente quien dice ser, y en ese juego de máscaras el relato encuentra una veta inesperada, casi moderna en su manera de cuestionar los arquetipos.
No es una obra redonda, ni pretende serlo. Funciona más como un experimento, una curiosidad que refleja el agotamiento y la reinvención de un género en plena transformación. Y aun así, entre sus irregularidades, late una energía extraña, casi juguetona, que la convierte en una pieza digna de revisitar. Porque, a veces, el cine más interesante no es el que acierta siempre, sino el que se atreve a perder el equilibrio.


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