EL CINE DE LOS AÑOS 70. EL HOMBRE DE LA MEDIANOCHE (1974)

 EL CINE DE LOS AÑOS 70.


EL HOMBRE DE LA MEDIANOCHE (1974)

REPARTO: BURT LANCASTER, SUSAN CLARK, CAMERON MITCHELL, MORGAN WOODWARD, HARRIS YULIN, ROBERT QUARRY, ED LAUTER, MILLS WATSON, CHARLES TYNER, JOAN LORRING, LAWRENCE DOWKIN, CATHERINE BACH, NICK CRAVAT

DIRECTOR: BURT LANCASTER, ROLAND KIBBEE 

MÚSICA: DAVE GRUSIN 

PRODUCTORA: UNIVERSAL PICTURES 

DURACIÓN: 119 min.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS

En el recuerdo tenemos thrillers que avanzan como una persecución y otros que se deslizan como una sospecha. El hombre de la medianoche pertenece a los segundos. Tiene el pulso del cine policíaco de los setenta, pero también algo más turbio, más melancólico, como si toda la historia estuviera envuelta en la fatiga moral de una época que ha perdido sus certezas. Burt Lancaster, inmenso y crepuscular, sostiene esta película con una presencia que no necesita imponerse: simplemente llena la pantalla.

Desde sus primeros compases se percibe que no estamos ante un simple relato detectivesco. Hay una atmósfera densa, un aire de decadencia que lo impregna todo. Lancaster encarna a Jim Slade, antiguo policía convertido en jefe de seguridad universitario, un hombre curtido por errores pasados, un superviviente que parece caminar siempre un paso detrás de sus propios fantasmas. No es el investigador brillante e infalible del cine clásico; es un hombre erosionado, escéptico, casi a la deriva.

Y ahí reside buena parte del magnetismo del film. La investigación sobre el asesinato de una joven no se construye como un mecanismo de suspense convencional, sino como una inmersión en un territorio ambiguo donde cada pista parece abrir nuevas zonas de sombra. La película no corre, merodea. Observa. Se toma su tiempo para dejar que el misterio se filtre lentamente.

Ese ritmo pausado, incluso áspero, es uno de sus mayores encantos. Porque en vez de buscar golpes de efecto, la historia se apoya en la incomodidad. Hay una tensión soterrada que nunca necesita subrayarse. Todo parece avanzar bajo la amenaza de algo podrido latiendo bajo la superficie.

Lancaster está magnífico precisamente porque rehúye cualquier heroísmo. Su Slade arrastra una tristeza seca, una ironía resignada, una dureza que no oculta el desgaste. Su rostro parece contar una película paralela. En cada mirada se intuye una vida entera de decepciones. Es uno de esos personajes profundamente setenteros: vulnerables, contradictorios, moralmente cansados.

La dirección —seca, sobria, casi sin adornos— entiende perfectamente ese tono. No hay exhibicionismo visual, pero sí una manera muy precisa de filmar espacios y silencios. Las calles, los despachos, los campus, los bares nocturnos… todo tiene un aire ligeramente enfermo, como si el crimen no fuera una excepción sino una prolongación natural del entorno.

Y luego está esa cualidad casi paranoica que asoma por momentos. Como en los mejores thrillers de la década, nadie parece completamente inocente, y el poder siempre tiene rincones opacos. La película respira esa desconfianza tan propia del cine americano posterior a Watergate, donde la verdad nunca aparece limpia.

Lo fascinante es que, bajo su apariencia de policial clásico, late un estudio sobre la corrupción del idealismo, sobre la erosión de la inocencia y sobre hombres que llegan demasiado tarde a casi todo. Incluso cuando la trama se enreda en conspiraciones y violencia, lo que permanece es ese poso de desencanto.

No es una obra aparatosa ni pretende serlo. Su fuerza está en su sequedad, en su textura rugosa, en ese tono sombrío que parece filtrarse en cada escena. Es cine adulto, paciente, sin complacencias.

El hombre de la medianoche tiene algo del detective noir trasladado a los años setenta, cuando los héroes empezaban a parecer supervivientes y la verdad ya no traía redención. Puede que no tenga el fulgor mítico de otros grandes thrillers de su década, pero posee una densidad moral y una atmósfera que se quedan adheridas.

Y Burt Lancaster, imponente sin necesidad de grandilocuencia, le da un corazón cansado pero feroz. Como si toda la película caminara con él hacia una noche larga, donde resolver el caso no significa necesariamente encontrar consuelo. Eso la hace más amarga… y también más memorable.





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