EL CINE DE LOS AÑOS 70.
EL FANTASMA DEL PARAISO (1974)
REPARTO: PAUL WILLIAMS, JESSICA HARPER, WILLIAM FINLEY, GEORGE MEMMOLI, GERRIT GRAHAM, ARCHIE HAHN, JEFFREY COMANOR, PETER ELBLING, JANUS BLYTHE, COLIN CAMERON, DAVID GARLAND, GARY MALLABER
DIRECTOR: BRIAN DE PALMA
MÚSICA: PAUL WILLIAMS
PRODUCTORA: 20TH CENTURY FOX
DURACIÓN: 92 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Hay películas que parecen concebidas para romper las costuras del cine convencional, obras que no buscan agradar sino electrizar. El fantasma del paraíso es una de ellas. Brian De Palma no dirige aquí un simple musical, ni una sátira, ni una historia de horror: construye un artefacto febril donde todo convive en combustión. Ópera rock, tragedia fáustica, comedia negra, cuento gótico y delirio pop. Una película que no se ve: se experimenta.
Desde su arranque, con ese universo dominado por el cinismo de la industria musical y la teatralidad del exceso, la película impone una energía casi salvaje. Todo en ella parece desbordado a propósito. Los decorados son exuberantes, los colores tienen algo venenoso, los movimientos de cámara parecen danzar con una coreografía propia. De Palma filma como si estuviera dirigiendo una función satánica en la que cada plano quiere seducir y agredir al mismo tiempo.
Pero bajo esa apariencia carnavalesca se esconde una tragedia romántica. Winslow Leach, compositor maldito, desfigurado y convertido en espectro vengador, es una criatura salida de una pesadilla donde se cruzan Fausto, El fantasma de la ópera y Frankenstein, pero reformulados a ritmo de glam rock. Es imposible no sentir compasión por ese genio triturado por la maquinaria del espectáculo, vendido, robado, deformado hasta convertirse en un mito monstruoso.
Y luego está Swan, uno de los grandes villanos del cine de los setenta. No necesita levantar la voz para resultar aterrador. Es el diablo vestido de productor, un vampiro de la fama que devora talento para alimentar su imperio. En él, De Palma lanza una mirada feroz sobre el negocio del entretenimiento: un lugar donde el arte puede ser prostituido con una sonrisa perfecta.
Lo extraordinario es cómo la película consigue ser corrosiva y profundamente emotiva a la vez. Bajo su humor grotesco y sus excesos hay una melancolía extraña, casi operística. La historia de amor imposible entre Winslow y Phoenix late como un corazón herido bajo todo ese caos escénico.
Y qué música. No acompaña la película: la impulsa. Cada número musical es una mutación. Del doo-wop al hard rock, del cabaret a la ópera pop, todo se transforma constantemente, como si la propia película se negara a fijarse en una sola identidad. Ese espíritu mutante es parte de su hechizo.
Visualmente es un festín. Split screens, angulaciones imposibles, montaje frenético, humor macabro y un sentido del artificio que roza lo operístico. Pero nada es gratuito. Incluso en sus momentos más delirantes, De Palma mantiene un control asombroso sobre el tono. Lo grotesco y lo sublime se rozan continuamente.
Vista hoy, El fantasma del paraíso conserva una modernidad insultante. Su crítica a la mercantilización del talento, a la fabricación de ídolos y a la industria devoradora no ha envejecido; quizá se ha vuelto más punzante. Parece anticipar décadas de cultura pop convertida en espectáculo voraz.
Es una película excesiva, sí, pero precisamente en ese exceso encuentra su belleza. Un grito glam, una ópera salvaje, una fábula maldita bañada en neón. No busca la perfección pulida, sino la combustión.
Y cuando llega su desenlace —trágico, grotesco, hermoso— queda la sensación de haber asistido a un concierto embrujado.
Pocas películas han convertido la locura en un lenguaje con tanta libertad. El fantasma del paraíso no es solo cine de culto; es cine poseído.


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