EL CINE DE LOS AÑOS 70. EL COWBOY NAUFRAGO (1974)

 EL CINE DE LOS AÑOS 70.


EL COWBOY NAUFRAGO (1974)

REPARTO: JAMES GARNER, VERA MILES, ROBERT CULP, ERIC SHEA, GREGORY SIERRA, ELIZABETH SMITH, MANU TUPOU, SHUG FISHER, NEPHI HANNEMANN, LITO CAPIÑA, RALPH HANALEI, KIM KAHANA, LEE WOODD, LUIS DELGADO

DIRECTOR: VINCENT McEVEETY 

MÚSICA: ROBERT F. BRUNNER 

PRODUCTORA: WALT DISNEY PICTURES 

DURACIÓN: 91 min.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS

Tenemos películas que parecen nacidas de una anomalía feliz, como si alguien hubiera mezclado dos géneros imposibles en un mismo crisol y, contra todo pronóstico, hubiese encontrado oro. El cowboy naufrago pertenece a esa extraña categoría. Bajo su apariencia de aventura ligera producida por Disney en los años setenta, late una película de una rareza encantadora: un western desorientado que se deja arrastrar por las olas hasta convertirse en relato de supervivencia, comedia de enredos y fábula sobre la adaptación.

Vincent McEveety, un artesano discreto pero sólido, dirige la historia con ese pulso clásico que no necesita exhibirse para funcionar. Desde el arranque, la película juega con el choque de mundos: un cowboy, figura casi mítica del paisaje norteamericano, es arrancado de su territorio natural y lanzado a un entorno exótico que lo desarma. Ese desplazamiento es el gran hallazgo del filme. No se trata solo de una premisa pintoresca; es un mecanismo narrativo que convierte al héroe del Oeste en un intruso vulnerable, obligado a reinventarse.

James Garner sostiene la película con una mezcla irresistible de ironía cansada, carisma despreocupado y humanidad. Tiene ese don raro de hacer parecer sencillo cualquier personaje, y aquí convierte a su cowboy perdido en una figura entrañable, a medio camino entre aventurero clásico y antihéroe accidental. No interpreta al típico vaquero invulnerable: su personaje tropieza, improvisa, sobrevive como puede. Y en esa torpeza digna emerge todo el encanto del relato.

La película respira espíritu de aventura vieja escuela. Hay tormentas, persecuciones, naufragios, paisajes tropicales que parecen sacados de un libro juvenil de exploradores. Pero bajo esa superficie juguetona se mueve algo más curioso: una revisión casi cómica del mito del cowboy. Aquí el pistolero no conquista fronteras; las pierde. No impone el orden; aprende a convivir con el caos. Es como si el western se mirara en un espejo deformado y descubriera un lado burlón de sí mismo.

McEveety aprovecha además muy bien el tono híbrido. La película nunca se decide del todo entre comedia, aventura o western desplazado, y justamente ahí encuentra su personalidad. Tiene secuencias de acción filmadas con energía seca, otras dominadas por el humor físico y algunas escenas que rozan el cuento de supervivencia romántica. Todo fluye con una ligereza casi engañosa, porque detrás hay una construcción muy precisa del ritmo.

Visualmente posee ese encanto soleado del cine de aventuras setentero, con escenarios naturales que transmiten sensación de libertad. El océano, las islas, la inmensidad que rodea al protagonista… todo contribuye a que el filme tenga algo de odisea juguetona. No busca solemnidad, pero a ratos la aventura adquiere una dimensión casi épica.

Y luego está su tono profundamente simpático, hoy casi en peligro de extinción. El cowboy naufrago no necesita cinismo ni revisionismos oscuros para funcionar. Cree en la aventura, en el humor limpio, en el héroe imperfecto. Tiene una inocencia que no es simpleza, sino confianza en el puro placer del relato.

Vista hoy, conserva un atractivo singular porque parece venir de un tiempo en que el cine familiar podía ser extravagante, libre y sorprendente. Es una película que toma una idea delirante —un cowboy varado en el Pacífico— y la lleva hasta sus últimas consecuencias con imaginación y desenfado.

Quizá no sea un western canónico ni una gran epopeya marítima, pero sí una pequeña joya excéntrica, una película que navega entre géneros con el viento a favor. Y en su deriva improbable encuentra una identidad propia.

Como ese cowboy arrancado de su horizonte, la película parece perdida… hasta que uno descubre que sabía perfectamente hacia dónde iba.



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