EL CINE DE LOS AÑOS 70.
EL BUQUE MALDITO (1974)
REPARTO: MARIA PERSCHY, JACK TAYLOR, BARBARA REY, CARLOS LEMOS, MANUEL DE BLAS, BLANCA ESTRADA, MARGARITA MERINO, SKELETON
DIRECTOR: AMANDO DE OSSORIO
MÚSICA: ANTON GARCIA ABRIL
PRODUCTORA: BELEN FILMS
DURACIÓN: 90 min.
PAÍS: ESPAÑA
En el recuerdo tenemos imágenes que parecen emerger de un sueño febril, impregnadas de salitre, óxido y muerte. El buque fantasma, dirigida por Amando de Ossorio, pertenece a ese territorio del terror que no se explica, sino que se respira. Es la tercera entrega de la saga de los templarios ciegos, pero también es, quizá, la más atmosférica, la que convierte el espacio en una pesadilla flotante de la que no hay escapatoria.
Desde el primer momento, la película apuesta por una lógica distinta. No hay prisa, no hay necesidad de justificar cada elemento. Ossorio construye su relato como una deriva, como un viaje hacia lo desconocido en el que el barco —ese navío abandonado que surca la noche— se convierte en un limbo suspendido entre la vida y la muerte. El espectador no sube a bordo: es arrastrado.
El gran hallazgo del filme es su capacidad para transformar lo limitado en sugestivo. Con recursos modestos, el director levanta una atmósfera opresiva donde cada crujido de la madera, cada rincón en penumbra, parece esconder una amenaza ancestral. El mar, invisible en muchos momentos, se intuye como una presencia constante, un abismo que rodea y aísla. Y en medio de todo, los templarios: figuras espectrales, ciegas, avanzando con esa lentitud ritual que ya es marca de la casa, como si el tiempo no les perteneciera.
Hay algo profundamente hipnótico en esa forma de moverse, en ese sonido seco de huesos y armaduras. No buscan la sorpresa inmediata, sino la inquietud sostenida. Ossorio entiende que el miedo más duradero no es el que sobresalta, sino el que se instala poco a poco, como una niebla espesa. Y en El buque fantasma, esa niebla lo envuelve todo.
Narrativamente, la película puede parecer fragmentaria, incluso irregular. Los personajes funcionan más como vehículos que como seres plenamente desarrollados, y el guion no siempre se preocupa por la coherencia estricta. Pero sería injusto medirla con ese rasero. Aquí lo esencial no es la lógica, sino la sensación. Cada escena parece concebida como un cuadro, como una pieza de un collage macabro donde lo importante es el impacto visual y emocional.
La fotografía juega un papel clave en esa construcción. Los contrastes, las sombras, la textura casi húmeda de los interiores del barco, crean un universo tangible y al mismo tiempo irreal. Todo parece ligeramente fuera de lugar, como si el tiempo se hubiera detenido mucho antes de que los personajes llegaran.
Puede que no sea una película para todos. Su ritmo pausado, su narrativa difusa y su apuesta por lo atmosférico pueden desconcertar a quienes busquen un terror más directo. Pero para quien se deje llevar, ofrece una experiencia singular, casi sensorial.
Al final, El buque fantasma no se recuerda por lo que cuenta, sino por lo que hace sentir. Es un susurro oscuro que permanece, una travesía por aguas muertas donde cada paso resuena como un eco del pasado. Y cuando todo termina, queda la impresión de haber estado en un lugar donde el tiempo no avanza… y donde, quizá, nunca deberíamos haber entrado.

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La pelicula sigue la linea de los dos anteriores films de Ossorio sobre los templarios, lastima que el galeón canta demasiado, se nota a la legua de que es una miniatura para jugar los peques en la bañera de casa. De todas formas es una buena pelicula de terror.
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