EL CINE DE LOS AÑOS 70.
EL ASESINO HA RESERVADO NUEVE BUTACAS (1974)
REPARTO: ROSANNA SCHIAFFINO, CHRIS AVRAM, EVA CZEMERYS, LUCRETIA LOVE, PAOLA SENATORE, JANET AGREN, HOWARD ROSS, LUIGI ANTONIO GUERRA, GAETANO RUSSO, ANDREA SCOTTI, RENATO ROSSINI, EDUARDO FILIPPONE
DIRECTOR: GIUSEPPE BENATTI
MÚSICA: CARLO SAVINA
PRODUCTORA: CINENOVE
DURACIÓN: 103 min.
PAÍS: ITALIA
Tenemos películas que parecen concebidas como una trampa elegante, un juego perverso en el que el espectador entra con curiosidad y del que sale con una incómoda fascinación. El asesino ha reservado nueve butacas, dirigida por Giuseppe Bennati, se mueve precisamente en ese territorio: el del giallo que abraza lo teatral, lo artificioso, para convertirlo en una experiencia casi hipnótica.
Desde su planteamiento, la película respira una vocación lúdica y cruel. Un grupo de personajes es convocado a un teatro antiguo, un espacio que pronto deja de ser un simple escenario para convertirse en una prisión simbólica, en un lugar donde las reglas de la realidad parecen difuminarse. La premisa podría recordar a otros relatos de encierro y sospecha, pero aquí el tono es distinto: más estilizado, más cercano a una pesadilla barroca que a un simple misterio por resolver.
Bennati apuesta por una puesta en escena cargada de intención. El teatro, con sus butacas vacías y su aire decadente, se erige como el gran protagonista visual. Cada rincón parece esconder una amenaza, cada pasillo invita a la inquietud. La cámara no solo observa, sino que acecha, como si formara parte del propio mecanismo del crimen. Hay una clara voluntad de convertir el espacio en un laberinto emocional, donde los personajes se pierden tanto física como psicológicamente.
El relato avanza entre asesinatos que combinan lo macabro con un cierto sentido del espectáculo. No se trata solo de matar, sino de cómo se presenta la muerte, de la estética que la envuelve. En ese sentido, la película bebe de las convenciones del género, pero también las exagera, rozando en ocasiones un tono casi operístico. Hay momentos en los que la lógica narrativa cede terreno a la atmósfera, y es ahí donde el filme encuentra su identidad más marcada.
El reparto se mueve dentro de ese juego con una entrega desigual pero efectiva. Los personajes no están construidos para generar empatía profunda, sino para alimentar la sospecha. Son piezas de un engranaje mayor, máscaras que esconden secretos y culpas. Esa falta de anclaje emocional puede resultar distante para algunos espectadores, pero encaja con la propuesta: aquí lo importante no es quiénes son, sino qué representan dentro del ritual.
La música y el ritmo contribuyen a esa sensación de inquietud constante. Hay algo casi onírico en la manera en que la película se despliega, como si todo ocurriera en un espacio suspendido, ajeno al tiempo. Y aunque en ciertos momentos el conjunto puede parecer irregular, incluso caprichoso, esa misma irregularidad refuerza su carácter imprevisible.
El asesino ha reservado nueve butacas no es una obra redonda, pero sí profundamente sugestiva. Es un film que no busca la perfección, sino la impresión, la huella sensorial. Y en ese sentido, logra algo valioso: convertir un relato de misterio en una experiencia estética, en un pequeño teatro de sombras donde cada muerte es, al mismo tiempo, un acto de violencia y una representación.
En conclusión, lo que permanece no es tanto la resolución del enigma como la atmósfera que lo envuelve. Una sensación densa, inquietante, como si el telón nunca terminara de caer del todo. Y quizá ahí resida su mayor acierto: en hacer del crimen un espectáculo del que, una vez dentro, resulta difícil apartar la mirada.


Mezcla las adaptaciones de Agatha Christie de la época, con el giallo y el cine de terror, en concreto El fantasma de la Opera. La pelicula esta bien, pero al final da la impresión que el guión va un tanto perdido.
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