EL CINE DE LOS AÑOS 70.
DIEZ NEGRITOS (1974)
REPARTO: OLIVER REED, ADOLFO CELI, CHARLES AZNAVOUR, MARIA ROHM, RICHARD ATTENBOROUGH, STEPHANE AUDRAN, ALBERTO DE MENDOZA, GERT FROBE, HERBERT LOM, ELKE SOMMER, TERESA GIMPERA, RIK BATTAGLIA
DIRECTOR: PETER COLLINSON
MÚSICA: BRUNO NICOLAI
PRODUCTORA: AVCO EMBASSY RELEASE
DURACIÓN: 104 min.
PAÍS: REINO UNIDO, ALEMANIA, ITALIA, FRANCIA, ESPAÑA
Hay películas que no solo se ven: se recorren como un laberinto del que no sabes si deseas salir. Diez negritos, dirigida por Peter Collinson, pertenece a esa estirpe de relatos que juegan con el espectador como si fuese una pieza más del tablero. Adaptación de la célebre novela de Agatha Christie, esta versión no se limita a trasladar la historia: la envuelve en una atmósfera opresiva, casi enfermiza, donde cada gesto parece esconder una confesión.
Desde su arranque, la película propone un juego macabro: un grupo de desconocidos, reunidos en un entorno aislado —en esta ocasión, un hotel enclavado en un paisaje montañoso—, comienza a ser eliminado uno a uno siguiendo una lógica tan precisa como inquietante. La premisa, sobradamente conocida, se transforma aquí en un ejercicio de tensión sostenida, donde el espacio cerrado se convierte en un personaje más, vigilante y silencioso.
Collinson entiende que el verdadero terror no reside en la muerte, sino en la espera. La cámara se desliza con una elegancia calculada, deteniéndose en miradas que duran un segundo más de lo necesario, en silencios que pesan como una losa. Cada encuadre parece diseñado para sembrar la sospecha, para hacer que el espectador dude incluso de su propia intuición. No hay refugio posible: todos son culpables, o al menos eso sugiere la película con una insistencia casi cruel.
El reparto, coral y preciso, funciona como un mecanismo de relojería. Nadie sobresale por encima del conjunto, y sin embargo cada interpretación aporta una pieza esencial al rompecabezas. Los personajes no buscan simpatía; son figuras quebradas, arrastradas por un pasado que se filtra en cada diálogo, en cada reacción nerviosa. Esa falta de héroes es, precisamente, uno de los grandes aciertos del filme: aquí no hay redención, solo la progresiva descomposición de la confianza.
Visualmente, la película respira un aire setentero que le sienta sorprendentemente bien. Hay algo en su textura, en su uso del color y en su ritmo pausado, que potencia la sensación de aislamiento. No necesita grandes artificios: le basta con un pasillo vacío, una puerta que se cierra lentamente, una figura recortada contra la niebla. Es en esa economía donde encuentra su fuerza.
Si algo puede reprochársele es cierta rigidez en su desarrollo, fruto quizá de su fidelidad estructural al material original. Pero incluso ahí hay una coherencia interna que juega a su favor: la historia avanza como un ritual inevitable, como si cada muerte estuviese escrita mucho antes de que los personajes cruzaran el umbral.
Al final, Diez negritos no busca sorprender tanto como inquietar. Y lo consigue. Porque más allá del misterio, lo que deja es una sensación persistente, incómoda, casi física: la certeza de que, en ese juego de acusaciones y castigos, cualquiera podría ocupar el lugar del siguiente. Y cuando llegan los créditos, uno no respira aliviado; simplemente entiende que ha sobrevivido… por ahora.


Django IL Bastardi
ResponderEliminarEs correcta sin más, yo me quedo con la versión de los años 40 con Barry Fitzgerald de protagonista. Lo mejor, el reparto.