DOS TAYLORS, DOS EPOCAS: EL CURIOSO JUEGO DE ESPEJOS DE HOLLYWOOD.
En el universo del viejo Hollywood, donde los estudios construían estrellas con la misma precisión con la que levantaban decorados, los nombres podían convertirse en trampas inesperadas. Eso fue exactamente lo que ocurrió con Robert Taylor y Rod Taylor: dos intérpretes separados por una generación, por estilos y por trayectorias… pero unidos por una confusión persistente.
Resulta casi irónico que uno de los galanes más representativos del sistema de estudios acabara siendo confundido con un actor que simbolizaba, precisamente, el cambio de ese mismo sistema. Porque Robert Taylor no fue solo una estrella: fue un producto perfecto de la Metro-Goldwyn-Mayer, donde permaneció bajo contrato durante un periodo excepcionalmente largo, desde mediados de los años 30 hasta finales de los 50. Ni siquiera figuras como Clark Gable lograron mantener una relación tan prolongada con el estudio.
Moldeado bajo la mirada de Louis B. Mayer, su imagen evolucionó desde el romanticismo elegante de La dama de las camelias hasta la solidez áspera de sus wésterns finales. En el camino quedaron títulos que definieron una época: Quo Vadis, Ivanhoe o Caravana de mujeres. Su figura encarnaba el ideal clásico: elegancia, presencia y una masculinidad cuidadosamente diseñada para la gran pantalla.
Muy distinto fue el recorrido de Rod Taylor. Aunque también orbitó en torno a la MGM durante sus inicios y dejó huella en películas como Gigante o Mesas separadas, su rostro pertenece más bien a una transición. En los años 60, su carrera se consolidó con títulos que conectaban con un público diferente, menos idealizado y más inquieto. Ahí están Los pájaros de Alfred Hitchcock o El tiempo en sus manos, dirigida por George Pal, donde encarnaba a un científico capaz de atravesar el tiempo.
Y fue precisamente esa película la que tejió una de las anécdotas más curiosas del star system. Porque, con el paso de los años, Robert Taylor empezó a notar que muchos admiradores se le acercaban con entusiasmo… pero no para hablar de sus propios filmes. Lo hacían convencidos de que él era el protagonista de El tiempo en sus manos. La confusión, repetida una y otra vez, acabó convirtiéndose en rutina.
Lejos de molestarse, decidió aceptarla con una mezcla de resignación y humor. Firmaba autógrafos, sonreía y agradecía el cariño sin desmentir a nadie. Era más sencillo dejar que la ilusión siguiera su curso que desmontarla. Incluso llegó a ver la película para comprender mejor aquello de lo que le hablaban, reconociendo sin reservas que le parecía excelente. Con el tiempo, la situación adquirió un tono casi entrañable: un actor clásico siendo celebrado por una obra que no era suya.
Nunca llegaron a conocerse. Sus mundos eran distintos, casi paralelos. Robert Taylor pertenecía a la edad dorada, compartiendo amistad con nombres como Tyrone Power, mientras que Rod Taylor avanzaba en una industria que empezaba a resquebrajar las viejas reglas.
Quizá por eso esta historia resulta tan reveladora. No se trata solo de una confusión de nombres, sino de un cruce simbólico entre dos formas de entender el cine. Uno representaba la perfección de un sistema; el otro, su transformación. Y, en medio, el público, que a veces mezcla recuerdos, rostros y títulos, construyendo una memoria del cine tan caprichosa como fascinante.


A pesar de ser de dos generaciones diferentes, ambos compartieron cartel con otro Taylor, en este caso otra, Elizabeth Taylor.
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