DEAN MARTIN, MUCHO MAS QUE LA PAREJA CINEMATOGRAFICA DE JERRY LEWIS.

 DEAN MARTIN, MUCHO MAS QUE LA PAREJA CINEMATOGRAFICA DE JERRY LEWIS.

Durante años, la pregunta no fue quién era, sino si aquello que veíamos era real. Porque resultaba difícil creer que alguien pudiera sostener, sin fisuras, esa mezcla de encanto relajado, ironía suave y elegancia casi distraída. Dean Martin parecía deslizarse por el éxito como si no pesara, como si la fama fuera apenas una extensión natural de su manera de estar en el mundo. Y, sin embargo, muchos sospechaban: en algún lugar tenía que terminar el personaje y comenzar el hombre.

Con el tiempo, la duda se fue apagando. Biógrafos, amigos, compañeros de escenario y espectadores coincidieron en algo tan simple como desconcertante: no había máscara. Aquel tipo que parecía improvisarlo todo, que sonreía como quien no necesita demostrar nada, era exactamente eso. Dean Martin no interpretaba a Dean Martin. Lo era.

Antes de convertirse en ese icono inalcanzable, fue Dino Paul Crocetti, hijo de inmigrantes italianos, criado en una América áspera que aún se sacudía el polvo del Crack del 29. Su infancia en Steubenville no tuvo nada de sofisticada: golpes, calle, supervivencia. Y, aun así, en su recuerdo siempre flotó una idea casi contradictoria de felicidad, como si incluso en ese entorno hubiera aprendido a mirar la vida con una media sonrisa.

La música fue su primera vía de escape. Convertido en Dino Martini, empezó a abrirse paso en clubes nocturnos hasta que el destino —o la intuición— le cruzó con Jerry Lewis. Juntos construyeron una de las duplas más explosivas del espectáculo: el caos y la contención, el exceso y la elegancia. Durante años dominaron escenarios, televisión y cine, hasta que la ruptura, en 1956, dejó en el aire una incógnita: ¿podía Martin existir sin ese contraste?

La respuesta fue un sí rotundo. Lejos de diluirse, encontró otra dimensión. Se rodeó de gigantes, desde Marlon Brando hasta John Wayne, y dejó momentos suspendidos en el tiempo, como aquel “My rifle, my pony and me” en Río Bravo, donde todo parecía detenerse para escucharle. Era un intérprete que no necesitaba imponerse: bastaba con que estuviera.

Pero quizá donde mejor se entendía su misterio era en el directo. En The Dean Martin Show, no había artificio que ocultar. Llegaba sin ensayar, sin blindarse tras el guion, y convertía cada error en parte del espectáculo. Esa naturalidad —tan difícil de fingir— era su sello. Cantaba como quien conversa, dejándose llevar por una cadencia heredada de Bing Crosby, y lograba que canciones como That's Amore no fueran solo melodías, sino atmósferas.

Alrededor, orbitaban nombres que definieron una época. El llamado Rat Pack —con Frank Sinatra como eje visible— convirtió Las Vegas en un territorio mítico donde la noche parecía no terminar nunca. Y en ese ecosistema de brillo y desenfado, Martin era el equilibrio perfecto: ni el más ruidoso ni el más ambicioso, pero sí el más magnético.

Incluso en el repliegue final, cuando la vida empezó a pesar más que el espectáculo, mantuvo intacta esa esencia. La muerte de su hijo marcó un punto de inflexión, alejándolo poco a poco de los focos. Pero hasta en la despedida hubo lugar para su manera de estar en el mundo: una última conversación, un chiste compartido con Frank Sinatra, como si el telón no pudiera caer sin una sonrisa cómplice.

Quizá por eso la palabra “cool” siempre se queda corta al intentar traducirla. No es solo estilo, ni carisma, ni talento. Es algo más escurridizo, más difícil de atrapar. Algo que no se aprende ni se ensaya.

Algo que, durante décadas, tuvo un único rostro posible: Dean Martin.



Comentarios

  1. Así es, Dean Martin, demostró que a parte de cantar y ser la antítesis de Jerry Lewis en los films que intervinieron juntos, tenía un gran talento como quedo demostrado en los filmes que intervino dentro del genero western o en la comedía romántico, sin olvidar sus papeles dramáticos como en Como un torrente.

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