CATE BLANCHETT Y LA MEMORIA INCOMODA DEL MeToo.
Hubo un instante, no hace tanto, en el que las escaleras del Festival de Cannes dejaron de ser solo un símbolo de glamour para convertirse en un espacio de denuncia. Aquel gesto, encabezado por Cate Blanchett durante su presidencia del jurado en 2018, no fue una imagen más: fue una grieta visible en una industria acostumbrada a ocultar sus sombras bajo focos deslumbrantes.
Ochenta y dos mujeres —un número cargado de significado— ascendieron juntas en silencio. Entre ellas, nombres como Kristen Stewart, Léa Seydoux, Ava DuVernay o Agnès Varda. Aquella fotografía condensó el temblor del movimiento MeToo: una sacudida que no solo apuntaba a nombres propios, sino a estructuras profundamente arraigadas.
En el centro de ese estallido estaba Harvey Weinstein, cuya caída marcó un antes y un después. Pero lo que vino después, según Blanchett, no ha sido necesariamente una transformación sostenida, sino más bien una digestión apresurada de un conflicto incómodo.
De regreso a Cannes, la actriz ha dejado una reflexión que resuena con cierta melancolía: el MeToo, dice, “se apagó demasiado rápido”. No porque las historias dejaran de existir, sino porque la industria —y quizá el mundo— encontró la manera de seguir adelante sin alterar del todo sus cimientos. La denuncia visibilizó una estructura sistémica de abusos, sí, pero identificar el problema no garantiza su resolución.
Blanchett no habla desde la abstracción. Lo hace desde la rutina diaria de un rodaje, donde los números siguen contando una historia familiar: equipos mayoritariamente masculinos, espacios donde la diversidad sigue siendo una excepción más que una norma. Diez mujeres frente a setenta y cinco hombres. Una proporción que no escandaliza, pero que desgasta. Que uniformiza. Que, como ella misma sugiere, termina afectando incluso a la creatividad.
No hay ira en sus palabras, sino una especie de cansancio lúcido. “Adoro a los hombres”, matiza, pero también señala la monotonía de un entorno homogéneo, donde las dinámicas apenas cambian. Y en esa repetición —de bromas, de inercias, de jerarquías— es donde el eco del MeToo parece haberse diluido.
Quizá lo más inquietante de su reflexión no es la idea de que el movimiento haya perdido fuerza, sino la posibilidad de que haya sido asimilado sin ser realmente escuchado. Como si la industria hubiera aprendido a convivir con la crítica sin dejarse transformar por ella.
El cine, que tantas veces ha sabido imaginar futuros distintos, sigue enfrentándose aquí a una paradoja: la dificultad de reescribir su propio presente. Y en ese contraste, la voz de Blanchett funciona como recordatorio de que algunas revoluciones no se miden por su intensidad inicial, sino por su capacidad de perdurar cuando el ruido desaparece.

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