ROGER CORMAN, EL REY DE LA SERIE B.
Antes de que Martin Scorsese encontrara su voz definitiva, de que Robert De Niro se convirtiera en un rostro esencial del cine moderno, o de que Francis Ford Coppola y Jack Nicholson consolidaran su leyenda, todos ellos compartieron un mismo punto de partida: la órbita imprevisible, caótica y profundamente fértil de Roger Corman.
Porque Corman no fue solo un cineasta; fue una escuela en sí misma. Un territorio donde el cine se aprendía haciendo, equivocándose rápido y rodando aún más rápido. Su figura, asociada durante años al cine de bajo presupuesto, encierra una paradoja reveladora: mientras en Estados Unidos se le etiquetaba con cierto desdén como artesano de lo “cutre”, en Europa su obra era observada con una mezcla de fascinación y respeto, como si bajo sus limitaciones económicas latiera una forma pura de creatividad.
Su historia comienza lejos de los focos, en una familia que aspiraba a la estabilidad técnica antes que a la incertidumbre artística. Formado como ingeniero, Corman tardó poco en comprender que su lugar no estaba entre circuitos eléctricos, sino en los mecanismos invisibles de la narración. Aquel tránsito —de la ingeniería al cine— no fue un salto al vacío, sino una mutación natural: su cine, de hecho, siempre tuvo algo de cálculo preciso, de economía extrema, de engranaje perfectamente ajustado.
Sus primeros pasos en Hollywood fueron modestos, casi invisibles, pero reveladores. Como mensajero primero, como lector de guiones después, fue absorbiendo el lenguaje de una industria que pronto aprendería a desafiar desde dentro. Su paso por Europa —con estancias en University of Oxford y temporadas en París— amplió su mirada, pero también reforzó su convicción: el cine debía ser, ante todo, un acto de libertad.
Esa libertad se tradujo en una manera de producir tan pragmática como visionaria. Rodar rápido, gastar poco, pensar en el público. Bajo ese principio levantó una filmografía tan vasta que ni él mismo podía abarcarla del todo. Obras como Un cubo de sangre o The Little Shop of Horrors no solo definieron un estilo, sino también una actitud: la de un cine que no pedía permiso para existir.
Pero quizás su legado más duradero no esté en sus películas, sino en las carreras que ayudó a impulsar. En su entorno, muchos encontraron su primera oportunidad real, ese espacio donde el talento aún sin pulir podía convertirse en algo tangible. No había tiempo para el perfeccionismo, pero sí para el riesgo. Y en ese riesgo se formaron algunos de los nombres más importantes del cine contemporáneo.
La creación de New World Pictures consolidó esa vocación. Más que una productora, fue una fábrica de posibilidades: cine de serie B, sí, pero también un laboratorio donde se ensayaban formas, géneros y miradas. Desde dramas hasta fantasías desbordadas, pasando por el cine de explotación más descarado, todo tenía cabida si encontraba a su público.
Con el paso de los años, Corman siguió adaptándose. Del cine de barrio al videoclub, y de ahí a las plataformas digitales, su instinto para detectar nuevas vías de distribución nunca se apagó. Incluso en sus últimos proyectos, con títulos deliberadamente excesivos como Sharktopus, parecía reivindicar una idea esencial: el cine también puede ser juego, provocación, incluso desmesura.
Cuando recibió su Óscar honorífico, no habló de logros personales, sino de riesgo. De la necesidad de apostar cuando no hay garantías, de confiar en la intuición frente a la repetición. En un tiempo dominado por franquicias y fórmulas seguras, su mensaje resonaba casi como un desafío.
Quizá por eso su figura sigue creciendo con los años. Porque más allá de etiquetas o presupuestos, Roger Corman entendió algo fundamental: que el cine no pertenece a quienes tienen más recursos, sino a quienes se atreven a hacerlo.

Para mi sus obras cumbres son sus adaptaciones de la obra de Edgar Allan Poe, a la que añadiría, El barón rojo.
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