"MICHAEL", UN RODAJE ENVUELTO POR LA POLEMICA.

 "MICHAEL", UN RODAJE ENVUELTO POR LA POLEMICA.

El mito de Michael Jackson vuelve a desplegarse en la gran pantalla con Michael, una producción que no solo aspira a conquistar la taquilla mundial, sino también a reescribir —o, al menos, matizar— el relato cinematográfico sobre una de las figuras más complejas del pop. Las previsiones, alimentadas por una fuerte preventa, apuntan alto: cifras cercanas a los 700 millones de dólares que confirmarían que, incluso años después de su muerte, su magnetismo sigue intacto.

Sin embargo, lo que hoy se proyecta en salas es solo una de las versiones posibles de la historia. Durante meses, la película fue otra cosa. El guion original de John Logan planteaba un retrato mucho más ambicioso y también más incómodo: una estructura clásica de ascenso y caída que no esquivaba las sombras del artista. La imagen inicial lo dejaba claro. Jackson, frente al espejo en Neverland, observándose mientras las luces de la policía irrumpían en su reflejo. Era una declaración de intenciones: el biopic no solo quería celebrar al icono, sino enfrentarse al hombre.

Pero entre la escritura y el montaje final se interpuso una realidad menos poética: la legal. El control férreo del legado del artista por parte de su entorno —sumado a acuerdos previos que impedían mencionar a ciertos implicados en las acusaciones— obligó a un giro radical. Escenas ya rodadas, que abordaban directamente las controversias, quedaron fuera del metraje en una decisión que costó millones y que alteró por completo la arquitectura del film.

El resultado es una película distinta. Donde antes había una narrativa que se adentraba en la fractura del mito, ahora emerge un relato concentrado en la celebración del talento. El montaje, reducido de más de tres horas a poco más de dos, opta por acompañar a Jackson en su dimensión pública: el escenario, la música, la creación. La intimidad, en cambio, aparece apenas rozada, como si el film prefiriera no detenerse demasiado en aquello que incomoda.

Incluso el desenlace responde a esa lógica. Lejos de cerrar con la caída o la ambigüedad, la historia culmina en la cima, con el artista convertido en leyenda viva. Un cierre que dialoga más con la iconografía que con la biografía, y que refuerza la idea de que esta primera entrega —porque todo apunta a que podría haber más— ha decidido preservar el brillo antes que explorar la grieta.

No es casual que se haya dejado abierta la puerta a futuras secuelas. Parte del material descartado podría encontrar ahí su lugar, quizá con un enfoque más medido, más consciente de los límites legales y narrativos. De momento, Michael funciona como una pieza cuidadosamente calibrada: un espectáculo que revive al artista que cambió la música, aunque lo haga dejando en penumbra al hombre que lo habitaba.



Comentarios