MAGGIE GYLLENHAAL PRESIDIRA EL FESTIVAL DE VENECIA 2026.

 MAGGIE GYLLENHAAL PRESIDIRA EL FESTIVAL DE VENECIA 2026.

La Mostra ha elegido una mirada antes que un nombre, una sensibilidad antes que una figura protocolaria. Maggie Gyllenhaal será la presidenta del jurado de la 83ª edición del Festival de Venecia, y la decisión tiene algo profundamente coherente con la identidad del certamen: apostar por una creadora que siempre ha transitado las zonas menos cómodas del cine.

No es un nombramiento que se lea solo en clave de prestigio, sino también como declaración estética. Venecia coloca al frente de su competición a una artista que ha hecho de la complejidad su territorio natural, primero como actriz y ahora, con una autoridad cada vez más evidente, como cineasta.

Alberto Barbera ha subrayado precisamente eso al anunciarla: la inteligencia y valentía de una trayectoria construida sin concesiones. Cuesta discutirlo. Desde sus primeros trabajos, Gyllenhaal pareció interesada en personajes quebrados, ambiguos, incómodos. Nunca se acomodó en la lógica del estrellato convencional. Incluso cuando trabajó en grandes producciones, su energía parecía venir de otro lugar.

Secretary la convirtió en revelación, pero también en algo más raro: una intérprete dispuesta a habitar el riesgo. Después llegaron piezas muy distintas —Donnie Darko, Corazón rebelde, El caballero oscuro, La profesora de parvulario—, pero siempre atravesadas por esa misma vibración inquieta, como si sus personajes pensaran un poco más de lo que dicen.

Que ahora presida el jurado veneciano también reconoce su segunda metamorfosis.

Porque si La hija oscura confirmó que detrás de la actriz había una autora con voz propia, ¡La Novia! parece haber terminado de consolidarla. Su relectura del imaginario de Mary Shelley no solo la sitúa en una tradición gótica y literaria muy ambiciosa, sino que refuerza una filmografía que parece guiada por obsesiones reales, no por estrategia industrial.

Eso importa en Venecia.

La Mostra siempre ha tenido algo de laboratorio para cineastas con personalidad, y Gyllenhaal encaja en esa genealogía de presidentes del jurado que aportan criterio antes que ceremonial. Su propia declaración al aceptar el puesto —esa idea de acudir no tanto a juzgar como a mirar con curiosidad y admiración— contiene algo revelador. Habla menos como árbitro que como espectadora apasionada. Y quizá sea esa la mejor disposición para decidir un León de Oro.

También hay algo simbólico en que una autora que debutó como directora precisamente triunfando en Venecia vuelva ahora como una de sus figuras centrales. Cierra un círculo.

El festival, que tantas veces ha servido como termómetro del gran cine de autor internacional, parece reforzar así su apuesta por voces que piensan el cine desde la libertad formal y emocional. Y Gyllenhaal, con su mezcla de rigor intelectual, sensibilidad y extrañeza, representa justamente eso.

No es solo una actriz célebre ocupando una presidencia honorífica.

Es una cineasta tomando asiento en uno de los lugares desde donde, por unos días, se decide hacia dónde mira el cine contemporáneo.

Y eso, en el Lido, nunca es un gesto menor.



Comentarios

  1. Un consejo para esta señora, que vuelva a sus orígenes como actriz, donde demostró ser una actriz mas que solvente, como directora deja mucho que desear viendo ¡La novia!

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