LUCA GUADAGNINO LEVANTA GRAN EXPECTACION CON "ARTIFICIAL" PROTAGONIZADA POR ANDREW GARFIELD.

 LUCA GUADAGNINO LEVANTA GRAN EXPECTACION CON "ARTIFICIAL" PROTAGONIZADA POR ANDREW GARFIELD.

En una carrera marcada por el deseo, la sensualidad y las obsesiones íntimas, Luca Guadagnino parece haber girado ahora hacia otro territorio inflamable: el poder. Pero no el poder romántico o emocional que suele recorrer su cine, sino el que se disputa en laboratorios, consejos de administración y guerras silenciosas por definir el futuro. Artificial, todavía en fase de montaje, ya empieza a perfilarse como una de esas películas que llegan rodeadas de conversación incluso antes de estar terminadas.

Y no es difícil entender por qué.

Las primeras impresiones tras un pase privado dibujan una obra ambiciosa, densa, atravesada por una energía casi de thriller corporativo. Hay quien la ha descrito como una especie de La red social para la era de la inteligencia artificial, pero la comparación parece quedarse corta. Aquí no se trataría solo de narrar el nacimiento de una revolución tecnológica, sino de explorar la combustión moral que puede producir.

El centro del relato parece apoyarse en una idea fascinante: convertir el nacimiento de OpenAI no en una crónica tecnológica, sino en un drama de egos, idealismos rotos y luchas por el control. Más que algoritmos, interesan los seres humanos detrás de ellos.

Y ahí emerge Ilya Sutskever, interpretado por Yura Borisov, presentado como el arquitecto visionario, casi un científico de tragedia clásica. Pero la película, según se comenta, muta en su segunda mitad hacia otra órbita cuando Sam Altman toma el centro. Andrew Garfield, en una interpretación que ya genera división, parece apostar por un retrato que empieza contenido y acaba bordeando la teatralidad, como si el personaje se fuera devorando a sí mismo mientras crece su poder.

Esa tensión de personalidades parece ser el verdadero combustible del film.

También han llamado la atención Jason Schwartzman y Cooper Hoffman, al parecer especialmente potentes en las escenas donde la película se vuelve más política, más verbal, más combativa. No como figuras secundarias decorativas, sino como piezas de una maquinaria dialéctica donde las ideas chocan como armas.

Y luego está Elon Musk.

Su aparición, encarnada por Ike Barinholtz, habría optado por una vía inesperadamente satírica. No como villano solemne ni visionario mesiánico, sino como figura casi grotesca, orbitando entre genialidad y caricatura. Un gesto que revela algo importante: Artificial no parece interesada en la reverencia.

De hecho, buena parte de la conversación en torno a la película parece venir de ese tono. Guadagnino, lejos del lirismo sensual con el que suele asociársele, se movería aquí hacia un cine más afilado, cargado de ironía, diálogos punzantes y una mirada escéptica sobre los profetas tecnológicos.

Incluso la música parece subrayar esa mutación. La entrada de Damon Albarn en lugar de Trent Reznor y Atticus Ross apunta a otra textura: menos ominosa, quizá más nerviosa, más eléctrica, más viva.

Y eso encaja con la impresión general de una película que no busca explicar la inteligencia artificial, sino dramatizar el caos humano que la impulsa.

Tal vez por eso divide.

Porque Artificial parece debatirse entre la fascinación por sus personajes y una mirada crítica que no termina de abrazarlos. Entre el gran fresco contemporáneo y la sátira venenosa.

Pero quizá ahí esté su interés.

Si La red social capturó el nacimiento de un nuevo imperio digital, Guadagnino parece querer filmar el instante en que ese imperio empieza a volverse inquietante.

No sobre máquinas que piensan, sino sobre hombres convencidos de que pueden rediseñar el mundo.

Y eso, en 2026, quizá sea el tema más actual imaginable.



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