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LA SECUELA DE "MICHAEL" PODRÍA EMPEZAR A RODARSE ESTE MISMO AÑO.
Cuando una película empieza a comportarse como una mina en plena explotación, detenerla no entra en los planes de nadie. Eso es exactamente lo que está ocurriendo con Michael, el biopic dedicado a la figura de Michael Jackson: un proyecto que, más allá de su dimensión artística, ha demostrado ser un engranaje perfectamente aceitado dentro de la lógica industrial de Hollywood. Las cifras acompañan, el interés se mantiene y, en ese contexto, hablar de continuación deja de ser una hipótesis para convertirse en una consecuencia natural.
La intención de poner en marcha una segunda parte en un plazo casi inmediato responde a esa urgencia por no dejar enfriar el fenómeno. Hay algo casi automático en este tipo de decisiones: si el público responde, la maquinaria avanza sin mirar demasiado atrás. Pero no todo es tan sencillo como pulsar un botón y repetir la fórmula. En este caso, hay una pieza clave que no encaja del todo en el calendario: Antoine Fuqua. El director, ocupado con otro proyecto de envergadura, se convierte en un obstáculo logístico que obliga a replantear el tablero.
Y es ahí donde emerge una figura que hasta ahora operaba en la sombra: Graham King. Su posible salto a la dirección no es tanto un capricho como una extensión lógica de su implicación en el proyecto. No sería la primera vez que su influencia trasciende el rol de productor para moldear directamente el resultado final. En cierto modo, esta transición habla también de cómo funcionan realmente ciertas producciones, donde las jerarquías formales se diluyen cuando hay demasiado en juego.
Pero si la cuestión de quién dirige es relevante, mucho más lo es qué historia se va a contar. La primera entrega optaba por un recorrido relativamente cómodo, esquivando los rincones más conflictivos de la vida del artista. La secuela, en cambio, no tiene esa escapatoria. Los años noventa de Michael Jackson son un territorio cargado de contradicciones, excesos y controversias imposibles de ignorar sin que el relato pierda credibilidad.
Neverland, la construcción de un universo propio casi infantil, los cambios físicos que alimentaron titulares durante años, la relación con los medios… y, sobre todo, las acusaciones que marcaron un antes y un después en su imagen pública. Todo eso forma parte inseparable del personaje. El problema es que también forma parte de un legado cuidadosamente protegido.
El control que ejercen los herederos sobre la figura de Jackson introduce una tensión evidente: ¿hasta qué punto se puede explorar esa etapa sin entrar en conflicto con los intereses legales y simbólicos que rodean su memoria? La respuesta, previsiblemente, pasa por una narrativa que bordee los hechos sin enfrentarlos directamente. Una especie de coreografía donde cada paso está medido para no pisar terreno peligroso.
En ese equilibrio inestable se mueve el trabajo del guionista, obligado a construir un relato que resulte completo sin ser incómodo, revelador sin ser conflictivo. Un desafío que, más que creativo, parece casi quirúrgico.
Porque si algo sobrevuela esta secuela desde antes incluso de existir es una pregunta incómoda: ¿puede una historia sobre Michael Jackson en su etapa más compleja permitirse no serlo? La respuesta, probablemente, definirá no solo el destino de la película, sino también la percepción de un proyecto que camina constantemente entre el homenaje, el negocio y una prudencia que roza la autocensura.
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Imagino que estas dos peliculas son para que los fans del cantante disfruten a tope de musica, porque como pelicula por lo que se siente por ahí, no va muy allá.
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