LA EPICA PELICULA DE CORTE MEDIEVAL CON ANDREW GARFIELD, "THE UPRISING", YA TIENE FECHA DE ESTRENO.
Paul Greengrass cambia la paranoia contemporánea por el barro, la pólvora primitiva y la furia de una rebelión medieval. Pero en el fondo quizá no esté cambiando tanto de territorio. Porque si algo ha atravesado siempre su cine es el caos como estado político, la violencia como lenguaje del poder y los individuos empujados a desafiar estructuras imposibles. The Uprising parece prolongar esa obsesión, solo que ahora bajo el cielo gris de la Inglaterra del siglo XIV.
La noticia de que Andrew Garfield encabezará esta nueva película tiene algo especialmente sugestivo. No solo por el calibre del proyecto, sino porque parece un papel hecho para tensionar muchas de las cualidades que han convertido al actor en una presencia tan singular: vulnerabilidad, intensidad moral y una energía casi febril que nunca termina de volverse solemne.
Aquí no encarnará a un héroe clásico, sino a un hombre empujado por la historia. Un plebeyo convertido en símbolo en medio de una insurrección contra Ricardo II. No cuesta imaginar cómo puede dialogar ese personaje con el cine de Greengrass, tan interesado siempre en figuras arrastradas por fuerzas que los exceden. Más que una reconstrucción de época, todo apunta a una película de urgencia, de cuerpos en movimiento, de revuelta filmada como si estuviera sucediendo ahora.
Y eso es, precisamente, lo fascinante. Greengrass nunca ha hecho cine histórico como estampado de museo. Incluso cuando mira al pasado lo hace con nervio documental, con una cámara que parece respirar dentro del conflicto. Si trasladara esa mirada al corazón de una rebelión campesina, The Uprising podría escapar del academicismo habitual del género para convertirse en algo mucho más físico, casi insurreccional en su forma.
También hay algo revelador en que Garfield llegue a este momento de su carrera con un proyecto así. Tras años sorteando con inteligencia el encasillamiento —saltando del cine de estudio al drama íntimo, del musical a la épica espiritual— parece seguir persiguiendo personajes donde haya riesgo. Y eso lo emparenta con actores de otra época, más interesados en mutar que en consolidar una imagen.
De The Social Network a Silence, de Tick, Tick… Boom! a We Live in Time, Garfield ha construido una filmografía donde la inquietud parece una brújula. Este nuevo personaje podría ser otro paso en esa dirección: menos icono, más herida.
Y alrededor, un reparto que promete densidad dramática. Jamie Bell, Stephen Dillane, Tom Hollander, Thomasin McKenzie… nombres capaces de convertir cualquier fresco histórico en un tablero vibrante de tensiones.
Pero quizá la gran promesa está detrás de la cámara. Porque resulta tentador imaginar a Greengrass aplicando el pulso de United 93 o Captain Phillips a una revuelta medieval. No filmar la Historia con mayúsculas, sino el temblor humano que la provoca.
En un momento en que el cine histórico suele refugiarse en el espectáculo o la pompa, The Uprising suena a otra cosa: a tierra, a hambre, a rabia organizada.
Y hay algo poderoso en que sea precisamente Greengrass —el cineasta que tantas veces ha filmado sistemas al borde del colapso— quien se acerque ahora a una de las grandes explosiones populares de la historia inglesa.
Puede que no esté haciendo una película de época.
Puede que esté haciendo, otra vez, una película sobre el presente disfrazada de pasado.

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