FALLECE EL DIRECTOR DE CINE ARGENTINO ADOLFO ARISTARAIN A LOS 82 AÑOS.

 FALLECE EL DIRECTOR DE CINE ARGENTINO ADOLFO ARISTARAIN A LOS 82 AÑOS.

Adolfo Martín Aristarain (Buenos Aires; 19 de octubre de 1943-Buenos Aires, 26 de abril de 2026)

La muerte de Adolfo Aristarain deja un vacío difícil de medir porque desaparece no solo un director extraordinario, sino una manera de entender el cine como conciencia, como conflicto moral y como territorio de resistencia. Con él se va una de las grandes voces del cine argentino y español, un narrador ferozmente independiente cuya filmografía convirtió la lucidez política y la emoción humana en una misma cosa. Fallecido a los 82 años en Buenos Aires, Aristarain deja una obra que sigue latiendo con una fuerza insólita.

Nacido en Buenos Aires el 19 de octubre de 1943, creció en el barrio de Parque Chas, un universo casi literario que parecía anticipar la sensibilidad de muchas de sus películas. Antes de dirigir, aprendió el cine desde abajo, como se aprendía el oficio en otra época: siendo ayudante, montador, técnico, observador silencioso de los mecanismos internos de una producción. Fue asistente de dirección en decenas de películas, una escuela práctica que moldeó su mirada y le dio ese pulso narrativo seco, preciso, profundamente clásico, que siempre lo emparentó tanto con el cine americano como con la tradición europea.

Amante de John Ford, Howard Hawks, Sam Peckinpah y el gran cine de estudio, Aristarain absorbió la contundencia narrativa de los clásicos, pero la cruzó con una sensibilidad política muy argentina. Esa combinación explotó con La parte del león (1978), su debut como director, pero fue con Tiempo de revancha (1981) donde emergió un autor mayor. En plena dictadura militar, consiguió filmar una de las grandes alegorías políticas del cine latinoamericano: un thriller obrero, feroz y elegante, que denunciaba el poder sin nombrarlo. Fue una obra maestra.

Luego llegaron Últimos días de la víctima (1982), otro prodigio de tensión moral; The Stranger (1987), su aventura anglosajona; y, sobre todo, la etapa que consolidó su leyenda.

Un lugar en el mundo (1992) es quizá la película que mejor resume su universo. Allí estaban sus obsesiones: la utopía, la derrota, la dignidad de los vencidos. Fue también una obra clave para su relación con España, país con el que mantuvo un vínculo creativo y sentimental profundo.

En los noventa firmó algunas de las películas esenciales del cine en español. La ley de la frontera mostró su capacidad para abrazar la aventura sin perder densidad dramática. Pero Martín (Hache) (1997) lo convirtió en un autor de culto. Pocas películas han dejado diálogos tan citados, personajes tan vivos y reflexiones tan punzantes sobre el exilio, el desencanto, la paternidad y la creación. Federico Luppi —su gran alter ego en pantalla—, Eusebio Poncela, Cecilia Roth y Juan Diego Botto encontraron allí un texto que parecía respirar pensamiento.

La colaboración con Luppi fue una de las grandes alianzas del cine iberoamericano. Más que actor y director, parecían cómplices ideológicos. Juntos levantaron un cine de hombres quebrados, obstinados, profundamente humanos.

En el nuevo siglo llegaron Lugares comunes (2002), una despedida amarga y luminosa sobre la vejez y la dignidad intelectual, y Roma (2004), su último largometraje como director, una obra hermosa y melancólica donde la memoria se convertía en materia cinematográfica.

Aunque después no volvió a rodar, nunca dejó de ser una presencia viva. Escribió, opinó, polemizó, defendió el cine como acto político. Nunca fue complaciente. Ni con el poder ni con la industria.

Recibió reconocimientos en ambos lados del Atlántico, incluidos dos Premios Goya y la Medalla de Oro de la Academia de Cine española en 2024, convirtiéndose en el primer director argentino en recibirla. Un gesto simbólico hacia alguien que fue un verdadero puente entre dos cinematografías.

Pero los premios dicen poco de su verdadera dimensión.

Aristarain fue un cineasta moral. Uno de esos directores para quienes filmar era pensar. Sus personajes dudaban, discutían, se equivocaban, resistían. Nunca eran héroes de cartón; eran seres atravesados por la historia.

Su cine tenía nervio político, sí, pero también una rara ternura para mirar a los derrotados. En eso fue único.

En una época cada vez más rendida al ruido, su obra sigue recordando que el cine puede ser conversación, memoria y combate.

Se ha ido Adolfo Aristarain, pero quedan sus películas, que en su caso es como decir: queda una forma de mirar el mundo. Y no es poca herencia.



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